DIGGER, SEGUNDA MIRADA

Alfredo Naime
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DIGGER, SEGUNDA MIRADA

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La semana pasada ubiqué Digger en este espacio –sólo eso– y mencioné que haría su valoración puntual hasta darle una 2ª mirada, que ya hice. Empecemos por recapitular brevemente su argumento (mucho más detallado en mi columna anterior).

El film de Alejandro G. Iñárritu parte de un desastre: una gigantesca masa de hielo se desprende del monumental bloque total, debido a la explosión de una plataforma de extracción petrolera en Groenlandia. La pérdida de vidas es considerable, pero por crudo que suene, hay algo peor: esa montaña de hielo (del tamaño de Maryland, se dice) flota hacia Europa con toda su fuerza. El pronóstico es que el inminente choque será devastador y arrojará incontables muertes, a la par de un profundo, inevitable, trauma social/ecológico. El evidente culpable directo de esta catástrofe es el magnate petrolero Digger Rockwell (Tom Cruise, envuelto en prótesis), dueño de la instalación conflagrada, quien pocas semanas antes fue advertido –por los responsables de la plataforma– de la aparición de una creciente grieta en la superficie. Puesto que dicha grieta la hacía claramente insegura, su recomendación era detener de inmediato la extracción. Cuidando el negocio, Rockwell no hizo caso, con las consecuencias relatadas. Y sí, ahora Digger tendría que salvar al mundo del mayúsculo problema en que su ambición lo metió. Eso, además de un giro que Iñárritu revela temprano, que en buena medida cambia el sentido de lo que vemos y de lo que estamos por ver. Favor de descubrir ese giro en la sala de cine.

El que genuinamente esté muy bien realizada, no le quita a Digger ser una película bizarra, compleja y de capas. Justo de ahí que polarice tanto las opiniones, no sólo entre público y crítica, sino también a lo interno de ambos sectores, con respectivos y encendidos defensores y detractores. En lo personal, admito que a mí me costó seguirla –desde el quizá exagerado tono satírico y en su arriesgado desdoble– así como me costó (incluso después de verla dos veces) descubrir muchos de sus matices, para entender del todo su intención de fondo y sus notaciones críticas. Notaciones, ¿a qué? Al sempiterno manipuleo de políticos rancios, más afines al dinero que a la gente; al poder entendido como poseer y no como servir; a la imagen personal y la percepción de verdad, por encima de la verdad misma; al conservadurismo, al racismo, a la misoginia; al Yo sobre el Otro y sobre el bien común. Todo esto, formadores de un horrendo adefesio del que todos –más y menos– somos culpables, según la incómoda pero no descartable afirmación de Digger. Pero entonces y a fin de cuentas, ¿qué tanta es su estatura? ¿Vale o no la pena?

En mi balance, aunque extraña y difícil, Digger sin duda es valiosa; en especial en términos artísticos, de imaginación, de oficio cinematográfico. Un polo ya distinto es el de alguna posible trascendencia más social y crítica, disminuida en buena medida por los omnipresentes rasgos caricaturescos de su sátira, así pensados tanto en situaciones como en personajes (vg. el Presidente y el Vicepresidente de EEUU). Pero cual dije, en cuanto al despliegue del arte y la artesanía del cine, Digger es superlativa: en especial, la actuación de Tom Cruise construyendo al personaje, que va a llevarlo a la ceremonia del Oscar; la convencida, entregada, dirección de Iñárritu, sobre un proyecto que (lo sabía muy bien) iba a generar polémica; la notable fotografía de Emmanuel Lubezki, que para decirlo pronto, cada vez sorprende más (lo cual cada vez sorprende menos). Y también, desde luego, el diseño de producción y la dirección de arte, en verdad de llamar la atención. Un cine pues de retos, que lo es tanto para quienes lo hacen como para quienes lo vemos. Que te puede gustar o no, pero al que se le agradece huir de lo acostumbrado, de lo seguro y confortable. Un cine que, en la práctica, respalda eso de “Si no podemos controlar el curso de la naturaleza, al menos podemos controlar la narrativa”. (Yo ya no sé dónde escuché eso).

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