Llevo más de una semana acá en Miami, las cosas han estado bastante tranquilas, pues toma tiempo entre que te adaptas, conoces, descubres, exploras te asombras y extrañas cosas.

Con “bastante tranquilas” me refiero al hecho de llevar una rutina que poco me ha dejado ver más allá de lo que mi paso acelerado hacia un lugar especifico no me deja. Digo, hay más tiempo que vida y sé que poco a poco iré conociendo y disfrutando más lo que ahora tengo a mi alrededor.

Lo mejor pasa cuando te sales de la rutina, cuando te aventuras aunque sea un poco, y eso me ocurrió; resulta y acontece que tengo una amiga al otro lado de la ciudad, mucho más cerca del centro, de las playas, de donde se desarrolla ese verdadero estilo pintoresco del que se escucha de vez en cuando de esta ciudad. (Yo vivo en los suburbios, la tranquilidad y naturaleza es excelente pero aburre ver cómo crece el pasto).

Primero anduve por south beach, lugar donde lo plástico de la gente brilla por su exageración, pero por otro lado la cultura se hace presente, y con cultura hablo de toda expresión artística, pues me toco ver españoles, alemanes, italianos, cubanos como granos de arroz y muchos latinos de los países del Rio Bravo para abajo. Todos en su propio problema pero haciendo una combinación final bastante buena, como si estuviera preestablecida para ser así desde hace mucho.

Lo interesante ocurrió en la noche pues fui a una reunión llamada “poetry and beer” una reunión denominada por mí como “hippiesca filosófica”, el objetivo acá es compartir un rato algo de cultura, y para eso hay dos formas; música y poesía, no importa si uno no sabe tocar ni las maracas o los poemas que uno se sabe solo son los de primaria, el chiste es compartir y crear un ambiente magicocomicomusical. Cada quien puede llevar un instrumento y de esta forma empiezan todos a tocar al ritmo que ellos sienten (de ahí el que no importa que solo sepas tocar las maracas),  si sientes que tu ritmo es el indicado así lo expresas, y no tienes a nadie que te mire con cara de ¿Qué haces?, de esa forma fue que me animé hasta a tocar los tambores, nunca encontré el ritmo, las manos me quedaron doliendo pero la sensación de ser parte de un ejército de tambores tratando de sincronizarse con los acordes de una guitarra valieron más la pena.

El hecho de que te dejes llevar por la situación, así sepas o no lo que haces es posible por el punto que comentaba antes, “cada quien está en su cosa”, por lo que se preocupan más por divertirse que por criticar y burlarse del que esta junto, lo que permite una interactividad más directa.

A lo largo de la noche, en esta casa que es bastante pequeña para la gente que llega, se observa música, intento de música, poesía, beatbox, salsa, intento de salsa, incluso rock, con los mismos elementos de antes: cada quien con un instrumento toca un ritmo que busca integrarse con el ritmo Matriz, por así decirlo.

Al calor de la fiesta (era muy caluroso) se pudo ver a Gringos (SI, acá todavía quedan algunos), cubanos, mexicanos, hondureños, colombianos, cubanos, peruanos, ya dije cubanos? Entre otros… Todos conviviendo entre sí, sin buscar individualismo, sin buscar ser el mejor, solo dejarse llevar por el momento y disfrutar.

Sé que eso pasa en muchos lados, no solo acá, pero el chiste de esto fue ver tanta reunión de nacionalidades dándole a compartir un rato de entretenimiento. Y que lo haya visto después de estar embriagado del mundo tranquilo de los suburbios, en realidad fue como una cachetada de realidad de lo que se puede encontrar acá si solo se rasca un poquito la superficie.

Como decía al principio, acá vine a aprender y de estas cosas es de donde más aprendes, más convives, más conoces de verdad a las personas y pues que puedo decir; me gustó, así que andaré por allá en la próxima reunión, pues es semanal. Hay después les cuento mas patoaventuras. dejen las busco y me las topo de frente para ustedes.

Alejandro Cadavid

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