Hace unos días me vi en una de las peores situaciones por las que un ser humano puede pasar. Y eso que me ha tocado experimentar casi de todo: desde un asalto con violencia, fusca y cachiporra, pasando por reprobar una serie de materias, hasta encontrarme lejos de mi casa y huyendo de los policías que me vieron orinando en el zócalo en la madrugada. Pero todas las situaciones anteriores me parecían insignificantes cuando a bordo de un taxi y muy lejos de mi departamento, el estómago y el intestino grueso me recordaron el proceso natural de la digestión, y es que doce tacos de canasta, un litro de jugo de naranja, una quesadilla con champiñones y un gansito cobran muy cara la factura.
En aquella escalofriante situación yo sólo me limitaba a pensar en que todo era mental, estaba a media hora de llegar a un escusado, y el tráfico en la ciudad era característico de las tres de la tarde, con las piernas empujaba hacia arriba la parte inferior del asiento delantero de la unidad y así yo me impulsaba hacía abajo, de tal manera que retrasara el efecto de salida de mi distinguido pasajero. ¿Qué puede ser peor? Pensaba mientras el taxista me veía y comprendía que si no llegaba rápido también él y su amado taxi con peluchito en el tablero, sufrirían las consecuencias.
En aquella ocasión todo salió bien, como final soñada de un partido de beisbol logré llegar en “safe”. Mientras sonreía por haberle ganado la carrera a mi intestino pensaba en que sí puede ser mucho peor, por ejemplo: Estarse zurrando en casa de la novia el día en que serás presentado ante su familia, es difícil ya que desde el hecho de justificar la visita al baño la situación es incómoda, uno por pudor no puede decir: “suegrita ¿dónde está el baño “esque” fíjese que quiero cagar?”, y por mucho que se disimule y justifique la visita al amado escusado ¿cómo le dices no al estómago y los sonidos guturales de dicha tarea?, si se te acaba el papel el calcetín ejecutivo salva, pero… ¿si tapas el inodoro?, el romance y la lucha de 6 meses tras la fémina se van junto con los tacos de canasta, el jugo de naranja, la quesadilla y el gansito.
Yo siempre he salido victorioso de esta batalla (bueno desde los cinco años en adelante), pero cuando estos casos se presentan uno recuerda que todos los problemas son cosa de niños, y que probablemente es la mejor terapia para librarse de la depresión, así cuando se tengan broncas recordarán que han estado en situaciones más apretadas y que mientras uno tenga un cancha libre para vaciar el tanque, el mundo se puede caer. Una vez alguien le dijo a mi abuelo en su lecho de muerte que todo estaba bien, que peor estaba su compadre que no podía ir al baño.
Desde aquella reflexión en el baño me di cuenta que “hacer de aguilita” es hasta divertido y que no tengo que combinar los tacos de canasta con el jugo de naranja.
Carlos Irán