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De apodos y sus demonios

1998

Sólo un comentario ante las personas indicadas y en el momento justo, son suficientes para ser marcado con un atinado y casi siempre descriptivo apodo, que va desde lo gracioso-soportable hasta lo peyorativo-castrante.

Si logras tener suerte, ya creces con uno que te asigna la familia, que aunque vergonzoso (como “el nene”, “chicho”, “chipitín”, “tito”, “tachuela”…etc.) no llega a ser hiriente y por lo regular tiende a ser tolerable, carismático, infantil y no es molesto los primeros 25 años de vida. Y es que estamos de acuerdo que “Don chipitín” no da distinción ante los compañeros de la oficina, pero por lo regular sólo lo recuerdan los familiares más cercanos.

Pero si tus allegados, amigos, compañeros de primaria o secundaria, y sobre todo enemigos no te conocen con alguno de los anteriores sobrenombres, es para temblar ya que nunca falta el clásico “castrocito” del salón que apunta y dispara, que está al pendiente de cualquier detalle y es el autorizado para bautizar a quien se le cruce en el camino. Así que como buen depredador elige a una presa de toda la manada, espera con calma, prepara los colmillos y en el momento indicado se suelta a decir: “¿Ya se fijaron?, el pinche Toño se parece a Gonzo”. La reacción inmediata de la manada es comprobar lo dicho (como si hiciera falta, ante indiscreta nariz del señalado Antonio) y después la víctima no podrá seguir honrando más el nombre del abuelo general de la revolución, porque a “Pepe” el “castrozo” se le ocurrió compararlo con un muppet.

Por los rasgos físicos se ponen muchos apodos, pero también por el comportamiento, en el caso de las mujeres: “la tierra” (porque es de quien la trabaja), o por acciones memorables, nunca falta que a alguien después chocar le digan “la Cenicienta” (porque el coche se le hizo calabaza) o los apodos basados en personajes de televisión, nunca falta que en las canchas de fútbol exista un “Chanfle”.

Si alguno de los siguientes casos te es familiar (si eres “el gonzo” no me guardes rencor, ya pasaron muchos años) la única opción para salvar el honor es simple: busca un buen sobrenombre para quién te lo puso a ti o escoge otra víctima, que a fin de cuentas es un ciclo que no se puede frenar y aunque tu apodo difícilmente se borra, las personas gustan de lo fresco, lo actual, lo cotidiano y buscar un apodo nuevo para alguien siempre alivia el dolor y ayuda un poco a olvidar.

Foto: Edwin Nollen

Carlos Irán

Carlos Irán

“Guacarocker”, mantenido y “negrón”. Desde hace muchos años amo la gelatina verde y la radio. Le tengo miedo a las gallinas, me gusta el buen rocanrol y tocar la guitarra de espaldas. <a href="https://estamosalaire.com/acerca-de/staff/carlos-iran/" /><em>Leer más</em></a>