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Transporte del demonio

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Tomar un bus hacia un lugar determinado no siempre es lo más agradable del mundo, pero hay algunos que son mucho peor que el promedio. Para ejemplificar este punto tomaré una ruta insignia de la ciudad, la ruta 10. ¡Oh sí!, esos carros amarillos que van volando cual águilas descarriadas por las principales calles de esta urbe.

¿Por qué la complicación de hacer una ruta más enredada que nuestro intestino delgado? Suponemos que vamos de un punto “A” a un punto “B”, sin embargo la ruta tiene que pasar por el punto “T” para lograr un objetivo. Y no sólo es el hecho de las vueltas a veces innecesarias, eso se puede entender, pero cada viaje tiene ciertos elementos que lo hacen más aburrido y estresante que el canal del Congreso en lunes festivo a las 10 de la noche.

A continuación dejo una pequeña bitácora de cómo es el transcurso en este transporte de digámoslo así: punto A “Plaza dorada” a punto B “Walmart de Reforma”.

Me dispongo a tomar el bus en la esquina de Plaza Dorada y se me pasa el primero por venir echando carreritas con otro; el que va de segundo se para a recogerme y esa es como la penitencia que tienen que pagar por ser «loosers» y llegar de último. Para todo esto pones un pie en el primer escalón y ya vas a la velocidad suficiente para sentir adrenalina y ver las calles como una mancha borrosa de carros, arboles y otros buses.

Pago con un billete medio grande y se desquitan dándome 95 pesos en monedas de 5, ahora mi bolsillo parece que contiene un tumor maligno a la altura de mi muslo. Me aplasto en un asiento de los que dan para el pasillo, porque en el de la ventana no quepo (en eso si tengo yo la culpa, soy algo grande), y espero a que arranque el bus ya preparado para las altas velocidades y algo de vértigo; pero no, agarra la 31 poniente y se va parando en cada semáforo, ¿saben cuántos semáforos hay en esa avenida? El bus se va a vuelta de rueda, de tal manera que yo podría llegar más rápido caminando, al menos en una distancia corta.

La unidad se encuentra a la mitad de la cuadra, el semáforo en verde con posibilidad de avanzar un buen tramo y todo esto se ve frustrado cuando el chofer se para en la esquina a esperar pasajeros fantasmas, ya que nadie los ve, solo él. A veces llegan minutos después, a veces nunca llegan, y eso ocurre en cada uno de los 20 semáforos que tiene la 31 poniente.

Dejando de lado la velocidad, toca también ver como el conductor permite la subida a todo el vendedor ambulante que se cruce en el camino, desde el que te dice que vende dulces porque si no de otra forma estaría robándote la casa y que de todas formas intimida, hasta el que vende discos piratas con todo y bocina, que muy amablemente te la pone al lado de la oreja aturdiéndote, pensando que tal vez de esa forma, entrará mejor la música de Pimpinela, ya que son los grandes éxitos de los años Ochenta.

Después de escuchar el súper intromix hecho por dj Aztec y de quedarme sordo por unos 3 minutos, se baja el de la música, pero suben los payasitos. No tengo nada con los payasos, pero la vida evoluciona, la diversión evoluciona, los chistes evolucionan, entonces ¿Por qué después de tanto tiempo siguen sacando los mismos chistes? A veces hace reír más de forma involuntaria un buen sarcasmo sacado de la manga que una lista de chistes que pasan de generación a generación, y que después de 10 veces pierden la gracia y que a veces también terminan diciendo que hacen eso en vez de estar robando casas con ayuda del que vende dulces.

Se bajan los payasitos y suben los que cantan, que a veces hay unos que lo hacen muy bien, pero hay otros que lo invitan a uno a seguir mejor escuchando la música del mp3.

Volviendo a la velocidad, y dejando de lado a los vendedores, termina el bus su recorrido por la 31 poniente y todos sus lindos semáforos y se dispone a tomar el blvd. Atlixco, de pronto como si fuera stunt de la película rápido y furioso, le mete toda la velocidad posible a la “bestia” y cruzamos de la 31 poniente a la Juárez en cuestión de segundos, se baje gente o no, porque si arrancan de una cuando uno sube al bus, la bajada es aún más rápida.

Me dispongo a bajar en Reforma pero ahora sí como el semáforo está en amarillo, no me deja sino hasta pasando la cuadra, (en este momento es cuando enoja el hecho de esos semáforos en verde frustrados por los pasajeros fantasma) ¿ahora si mucha prisa?, pero a ver, pelea con ellos.

Aunque logro llegar sano y salvo a mi destino, generalmente los viajes en el transporte público no son un servicio del cual uno se pueda sentir orgulloso, falta mucho para mejorarlos, pero muchísimos más viajes por tomar antes de que pueda verse esa transformación.

PD: aunque en este escrito ejemplifico de forma general mi experiencia en este tipo de transporte, también cabe decir que me han tocado muchos que son amables, conducen con cuidado y se preocupan por la integrad de la unidad y quienes viajan en ella. Tristemente, los malos conductores, los opacan de forma aplastante.

Alejandro Cadavid

Alejandro Cadavid

¿Cómo me podré describir sin sonar extraño? Aunque, ahora que lo pienso, soy extraño. Cinco años de universidad me han dejado con esquilas creativas en mi cerebro y pocas palabras en mi boca, sólo que cuando hablo, no es para recitar poesía precisamente. <a href="https://estamosalaire.com/acerca-de/staff/cadavid/" /><em>Leer más</em></a>