¡Ay mi nariz!

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Imaginemos la escena.  El reportero, atento a la rueda de prensa, recibe una llamada a su celular. Como nunca ha sido capaz de quitarle el sonido, tiene que contestar y salir rápidamente del lugar. Así, con la rapidez que requiere el caso, sale del salón esperando que el mecanismo que está dispuesto para que la fregada puerta de cristal abra, funcione.

La esperanza muere cuando el cristal, limpio y tan reluciente que simulaba no existir ante los ojos del “vividor de la noticia”, truena y aterriza en más cachitos que los que venden de la lotería para el 20 de noviembre.

¡Zaz! Se ha roto la madre el muchacho. Minutos más tarde, cuando los glúteos están más picados que la Trevi (por inyecciones) y la nariz más fregada que la de la Campuzano (por el mandarriazo) viene la cascada de culpas. La puerta no abrió, el cristal estaba muy limpio. Y tal vez tenga razón el “sinariz”.

Lo mismo sucede cuando vas caminando a toda prisa en tu casa porque alguien toca a la puerta y te pegas con la pata de un mueble, en el dedo chiquito del pie. ¡Da coraje! Te enchilas y tomas fuertes represalias ante el desgraciado objeto de madera, que seguramente se movió para cometerte “penal”. Mientas madres, le pegas a la esquina culpable y continúas tu camino cual si hubiera sido una ofensa lo sucedido. Otra historia hubiera sido si calcularas tus pasos. ¿no?

Caminas por la calle y algo de mediana estatura pasa frente a ti y luce elegantemente su fina estampa. Muestra su generosidad en cada curva y te alcanza a hacer “ojitos”. Acto seguido te pegas con un objeto que está diseñado para que no le “pegue” mucho el sol a la tienda de doña “Lucha”. Te enfurece el fregadazo y se incrementa la ira cuando sientes como si te escurriera caldo de pollo por la frente y te das cuenta que es sangre.

Maldices a los dioses que diseñaron tal “sombrita”, culpándolos con el tradicional “uno como quiera, pero ¿y las criaturitas?”. No cabe duda, los accidentes suceden en cualquier momento. Evidentemente, de no distraerte con la damisela que salpicaba su camino con su irradiante belleza, seguramente hubieras visto el mula estorbo.

En fin, si buscamos culpables, los podemos encontrar. Pero vale la pena poner un poco más de atención para no sufrir un accidente que no impida respirar a nuestras anchas. Ni hablar, así son los accidentes. Saludos Arturo Cravioto.

Manuel Frausto Urízar

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