Pecadora

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He acompañado durante muchos años a infinidad de personas. Nunca he tenido el reconocimiento que merezco. Sirvo para reunir gente. Cuando saben que voy a estar, se les iluminan los ojos. Muestran su algarabía y confío en que recibiré un buen trato. Me dan la bienvenida con una sonrisa.

Igual me incluyen en cumpleaños, que en festividades muy específicas. En el último mes de año, soy infaltable. Les gusta cómo me veo. Me quieren tener. Se pelean por poseer aunque sea una parte de mí.

Pero no todo es bello. También sufro maltrato. Su interés desaparece cuando logran derribarme. Cuando estoy en el piso, me utilizan y después, me olvidan. Es la historia de mi vida. Llegará alguien como yo y acaparará su atención nuevamente.

Me cuelgan, me golpean, me arrancan pedazos. No les importa verme así. Lo único que quieren es su felicidad, sin importar que termine irreconocible. Se pelean por ser los primeros en pegarme. Hacen filas y una serie de rituales, que parecen ofrecerme a alguna deidad para que no haga erupción un volcán.

Gustan de complicarse la vida. Se tapan los ojos. Se dan vueltas hasta marearse y además, simulan que estoy en otra parte para que sea más difícil terminar conmigo. Pero lo logran. Toman un palo para golpearme. La celebración es grande por cada impacto que recibo.

Nadie toma en cuenta la paciencia y el amor con el que fui creada. Desconocen mi origen asiático. Soy la ejemplificación de la lucha del bien contra el mal. Mis siete picos me marcan como una pecadora: Tengo los siete capitales.

Esa es mi historia. Pero también he estado en cumpleaños, haciendo equipo con payasos, “chaparritas” y pambazos. Me han llenado de dulces, muñequitos, harina, cal, juguetes sexuales y más.

No me quejo. Sólo comparto mi historia, para que entiendan lo que es la vida de la piñata. Tómenlo en cuenta en esta fechas porque me verán muy seguido.

Foto: Ms. Phoenix

Manuel Frausto Urízar

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