En recuerdo de Jonathan Larson

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Jonathan Larson (1960-1996) luchó mucho para ser parte del ámbito profesional del teatro musical. Así, no resulta extraño que escribiera Tick, tick…boom!, sobre un personaje —Jon, básicamente él mismo– que aspira a llegar a Broadway antes de cumplir 30 años, un límite que, de rebasarse, Jon traducirá como fracaso. De 1990 a 1993, Larson interpretó Tick, tick…boom! como show individual; lo llamó un monólogo rock. Pero años más tarde, tras de su muerte, el dramaturgo David Auburn lo convirtió en una pieza para tres actores, que estrenó off-Broadway en 2001 y después alcanzó diversos escenarios más: en Nueva York, en un tour a lo largo del país, e incluso en producciones internacionales. Todo ello, antes y después de que Jonathan Larson se consagrara con Rent (1995), que mereció –en Broadway y otros escenarios– 12 años de representaciones ininterrumpidas.

Y bien, Tick, tick…boom! se ha hecho película, dirigida por Lin-Manuel Miranda y bajo producción de Netflix. En ella, Jon (Andrew Garfield), que sirve mesas en un diner del Soho, ha pasado los últimos ocho años de su vida escribiendo Superbia, que él espera sea el nuevo gran musical del teatro norteamericano. Mientras eso sucede (o no), está sin dinero y ha herido y/o hecho enojar a quienes le son más entrañables de su círculo íntimo. Pero eso no es todo: por fin está a sólo horas de presentar Superbia ante productores, pero le falta la canción más importante; justo esa esencial para definir el rumbo de la historia. Y no la tiene porque no consigue escribirla, seco de inspiración e ideas debido a la presión. Para colmo, Jon está por cumplir los 30 años, el autoimpuesto deadline para triunfar como escritor y compositor. ¿Será acaso que no sirve para esto y confundió su vocación? ¿Han sido tantos años, entonces, una pérdida de tiempo? Tick, tick…boom! es un film muy grato, que tiene a Jon como relator, desde un escenario en el que interpreta frente a público las canciones del libreto. Así es como nos lleva al otro presente, el de sus recuerdos, bordando en su odisea y en las vicisitudes –dadas las circunstancias– de quienes más le quieren: su novia Susan (Alexandra Shipp) y su mejor amigo Michael (Robin de Jesús). Si bien no es el musical más acabado de los últimos tiempos, Tick, tick…boom! tiene todo lo necesario para agradar a los fans del género, y a quienes no lo son: estupendas canciones, sólidas actuaciones, una premisa actual (¿nos alcanza el tiempo para perseguir algo trascendente?) y, desde luego, el referente inspirador que es Jonathan Larson, el talentoso artista a quien un aneurisma cardiaco le negó saber y disfrutar del apoteósico éxito de Rent. La película se encuentra en Netflix y les sugiero lo siguiente, para una experiencia más completa…

Vean Tick, tick…boom!, y después, la adaptación a cine de Rent (2005), dirigida por Chris Columbus, a propósito de bohemios del East Village que persiguen sus sueños y proyectos de vida en medio de desencuentros amorosos y sida. Está diseñada como rock opera en tono de drama romántico. Su tagline es inspirador y muy cierto: “No hay más día que el día de hoy”. Se ubica en Nueva York, en el año que discurre de la noche vieja de 1989 a la de 1990; esos 525,600 minutos de los que habla la formidable Seasons of love, en la secuencia inicial de la película. La pregunta/disyuntiva en dicha canción es: ¿cómo medir cada uno de esos minutos? (¿En amaneceres, en atardeceres, en medianoches, en tazas de café? ¿En pulgadas, en millas, en risas, en disputas? ¿Cómo se mide un año de vida? ¿Qué tal en amor? Mídelo en amor; en temporadas de amor). Como antes dije, los personajes de Rent –basada en La boheme, de Puccini– son artistas incipientes, bohemios, que en ese año de luchas y relaciones tendrán tanto pasión como pobreza; lo mismo amor que pérdida; fraternidad, pero también, siempre, el dragón terrible del sida. Una historia poderosa, actual, cuyos perfiles sombríos contrastan con la vitalidad jubilosa de las coreografías de los momentos de optimismo, de amistad y de logro. Gracias. Jonathan Larson.

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