Hay vaqueros de otro tipo

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Un mes atrás me referí en este espacio a El poder del perro, de Jane Campion, western a propósito de un rudo vaquero, Phil Burbank (Benedict Cumberbatch) –un macho man– que se comporta de muy cruda manera con una viuda (Rose; Kirsten Dunst) y su hijo adolescente (Peter; Kodi Smit-McPhee), incluso cuando ella se casa con su hermano menor George (Jesse Plemons). Pero en cierto momento, el tipo –prácticamente de la nada– poco a poco se acerca al muchacho y lo protege, de lo que resultan cambios que se ven como “inconsistentes” con la personalidad del áspero cowboy. El poder del perro, ubicada en Montana en 1925 según la novela de Thomas Savage, es la primera película neozelandesa producida por Netflix. Y sí: cual viene haciéndose costumbre con los proyectos de esta plataforma, tiene altas posibilidades de obtener varias nominaciones al Oscar.

Para que se dé la incuestionable estatura de la película, inciden y se combinan al menos un par de factores afortunados. De entrada, la notable actuación de Cumberbatch, casi sin duda la mejor de su carrera hasta hoy; su recio y competente Phil, tan admirado y respetado por sus empleados, guarda no obstante un secreto esencial que lo torna distante e inexpugnable. Y también, la detallada, totalmente inmersa, dirección de Jane Campion (Un ángel en mi mesa, El piano, Retrato de una dama), que trasciende la línea argumental de una mera trama (los eventos “físicos”) a la hondura de una historia (eventos emocionales), articulando en su narrativa momentos incómodos –tensos, difíciles de ver– con otros serenos (o latentes al menos), muy matizados, que dan a la película completa armonía en cuanto a todos esos sentimientos subyacentes. Lo anterior, con el esencial complemento aportado por la “presencia” que esculpe (digamos) el joven Smit-McPhee, para orientar el principal giro y las revelaciones del argumento; ese chico afeminado que parece va a romperse en cualquier momento (física o emocionalmente), sin que sospechemos lo que tal vez está pensando: “hay vaqueros de otro tipo…”.

¿Es El poder del perro una obra maestra? Es muy pronto para escribirlo en piedra, pero no hay duda de que con ella Jane Campion ha dicho (o gritado) “¡Presente!”. El arrebato es decir que sí, que es una obra maestra, tan excepcionalmente realizada como está y con tantas aristas (de no poco filo) como pone a revisión, para reflexionar y cuestionar: nuestros resentimientos y culpas; los alardes arrogantes, en ocultamiento de secretos furtivos; la natural necesidad de compañía; la nostalgia, menos sana cuando aferrada a “los tiempos idos”; los anhelos de ser con plenitud, sofocados por convenciones que conducen (u obligan) a aparentar. ¿Tanto? Sí, en 126 minutos que a mí me parecieron apenas 90 o 100, las dos veces que la vi. Ese transcurso “que no sientes” confirma cuánto engancha la fábula de El poder del perro y lo absorbente de sus encrucijadas. Ojalá estrene en salas, aunque por obvias razones su premier ha sido en Netflix. Todos a verla, sin falta.

Por cierto –radical cambio de tema– escribo desde Ciudad de Guatemala, durante los días del 24 Ícaro: Festival Internacional de Cine en Centroamérica, al que se me invitó como Jurado del Premio FEISAL, al lado de los queridos colegas Liliane Blaser, de Venezuela, y Jorge Martínez, de Panamá. Es el premio que otorga –en los principales festivales cinematográficos de nuestro continente– la Federación de Escuelas de la Imagen y el Sonido de América Latina, a largometrajes (ficción o documentales) de directores latinoamericanos de hasta 35 años, que presentan su ópera prima o su segunda película. Nuestros films finalistas: La Francisca, de Rodrigo Litorriaga; Río sucio, de Gustavo Fallas; La condesa, de Mario Ramos; Algo con una mujer, de Luján Loico y Mariano Turek; Canción de invierno, de Silvana Lázaro; 90 minutos, de Aeden O’Connor Agurdia, y El suspiro del silencio, de Alfonso Quijada. Ya comentaré los resultados.

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