Familia: El color del cristal con que se mira

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Cordero (Lamb), ópera prima del islandés Valdimar Jóhannsson, no es una película fácil de comentar. En cuanto a contexto, se trata de una coproducción Islandia-Polonia-Suecia del 2021, actuada por Noomi Rapace (María), Hilmir Snaer Gudnason (Ingvar) y Björn Hylnur Haraldsson (Pétur). En Cannes obtuvo el Premio a la Originalidad de la sección Una cierta mirada, mientras que el Festival Internacional de Sitges la galardonó, en la competición de Cine Fantástico, por partida triple: mejor película, mejor director revelación y mejor actriz. Es ya la cinta más taquillera en la historia del cine islandés, así como la representante del país para la categoría Film Internacional de la próxima edición del Oscar. Genéricamente, un drama en la vena del horror fantástico –sobrenatural, más precisamente– siendo “horror”, en este caso, el término que puede cuestionarse. Su breve tagline, no hay duda, es inquietante: Madre. Naturaleza.

La película abre sugiriendo (sin mostrarlo) la presencia de algo rugiente, ominoso, en la imponente geografía nevada. Porque –en medio de una espesa tormenta– un grupo de caballos salvajes cambia de rumbo y huye al toparse con…eso que no vemos. Poco después, ese mismo pavor altera a un rebaño en resguardo: en apariencia, la amenazante presencia ataca a una borrega, dado que (sólo eso) la vemos desplomarse. Corte a María e Ingvar; viven solos –aislados– en una granja de crianza de ovejas, en las montañas islandesas. Se ocupan de sus duras tareas en silencio, denotando que hay algo triste en su pasado. Y es así: no han superado la pérdida de Ada, su pequeña hija. En alguno de esos días, atienden el parto de uno de sus animales, que da a luz una cordera…distinta. Tanto, que María de inmediato la arropa como a un bebé, iniciando, sin palabras, una adopción literal de la creatura. A partir de esto, a la pareja nada le importa la híbrida constitución de su “regalo”, sino sólo la felicidad que les ha traído la nueva Ada, que es como la llaman. A su llegada a visitarles, el que sí se conmociona con la “sobrina” es Pétur, hermano de Ingvar; pero en poco tiempo, también la acepta. Así, todo marcha luminoso, floreciente y bien; aunque quizá no tanto, porque el diseño sonoro de Cordero (eso en especial) va dando al espectador pistas –más frecuentes cada vez– de que aún falta la “opinión” de Natura (Madre. Naturaleza; ¿se acuerdan?) en torno a eso que ha venido sucediendo. Y percibes en el ambiente que no será una opinión favorable…

Cordero es una película que en apariencia te deja elegir si tomarla o no en serio, para actuar en consecuencia a partir de tu decisión: ¿marcharte o quedarte? ¿reírte o asumir de fondo sus premisas? ¿acompañarla con mera curiosidad o con pasmo grave? ¿bucear genuinamente en ella o sólo flotar en su superficie? Pero no es así. Tan bien actuada y absorbente como es, tan alucinante en sus desdobles, de tanto (nórdico) “realismo mágico”, más bien te conduce, en directo y de inmediato, a la opción de encararla completamente en serio y desde todas sus aristas. Es entonces cuando se hace más consciente y fácil aceptar su minimalismo; su escaso diálogo y que esté tan poco poblada; la apuesta de los paisajes imponentes y de los animales como personajes textuales y no sólo contextuales; y desde luego, la inquietante sobrenaturalidad (y no fantasía) que permea su concepto de “familia”. Todo ello es posible porque Cordero se asume a sí misma con total convicción, aunque no abandone ni diluya la evidente intención de proponer otro modelo o concepto de horror, de rasgos distintos a los tradicionales del género. Un horror a discutir (lo mencioné al inicio), en especial entre los puristas de sus convencionalismos y de los mecanismos con los que opera. Dejando este debate aparte, Cordero es un film singular, que por razones vinculadas a comprensibles búsquedas y anhelos humanos –la paternidad, por ejemplo– resulta en verdad perturbador. Lo dicen María, Ingvar y Ada, no yo.

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