Como antesala a ¡Que viva México!

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Alfredo Naime

Con bombos y platillos se ha anunciado el estreno de ¡Que viva México!, de Luis Estrada, para mediados de noviembre en la plataforma Netflix. A partir de La ley de Herodes, el director ha cuestionado con mucho filo no sólo al sistema político mexicano, sino aspectos diversos (obscuros) de lo que sucede en el surreal acontecer nacional, doloroso e injusto casi siempre. La ley de Herodes (1999) fue importantísima como parteaguas que puso nombres y apellidos a la política mexicana. Le siguió Un mundo maravilloso (2006), como variante del mismo tema: los vericuetos del poder y sus corruptelas. Pretendiéndolo o no, Estrada completó una suerte de trilogía con El infierno (2010), en la que el panorama nacional evoluciona hasta su escenario más terrible: el de un país cautivo y controlado por el narco, convertido en no otra cosa que el infierno aquí y ahora. En esta trilogía de Estrada –además de las constantes del asesinato, la violencia y el poder como medio de enriquecimiento– la otra constante es la presencia de Damián Alcázar, representando en Juan Vargas, Juan Pérez y Benjamín García respectivamente, al jodidismo del que no se sale con trabajo y empeño, sino a punta de pistola, a fuerza de corrupción y/o de abuso impune. “Nada para celebrar”, se concluye de esas películas. Volviendo a El infierno, en el cuerpo de su reseña incluí además una reflexión (o reclamo), que aquí reproduzco en resumen…

“Su director afirma que El infierno es el mejor de los tres films de la trilogía; tal vez sólo sea el que encontró –en el público y contexto de hoy– el miedo más a flor de piel. Por eso cobra vida el drama de un país ‘sin opciones’, desde la más desesperanzada consigna: o es el narco o es la nada. Desde luego, de fondo está, muy evidente, la crítica: no hay resultados en la lucha contra el crimen organizado y es falso que se está ganando. Pero en El infierno está también la desmesura, ampliamente mostrada por Estrada en el terrible final de su anterior Un mundo maravilloso. La desmesura que, sin decir mentiras, descarta a priori cualquier indicio de esperanza y desconoce la mínima posibilidad de reacción espiritual. La desmesura envalentonada que pone el dedo en la llaga, pero que igual ubica en un abismo en el que aún hay ‘descensor’ (¿hacia dónde ya?), pero ascensor ninguno. La desmesura del no-futuro, que podrá ser el sentimiento vigente, pero que no hemos firmado como verdad eterna. La desmesura como fin en sí misma (de ahí el impacto de El infierno) y no como medio de conciencia y rechazo. Tenemos derecho a no estar de acuerdo. O quizá Estrada planea una tetralogía y la luz de esperanza está por venir”.

Esa “tetralogía” –sin la esperanza– llegó con La dictadura perfecta (2014), sumando a corrupción e impunidad la noción de que los Corporativos de televisión son el verdadero poder nacional en activo. En modo de sátira, hurga en las heridas abiertas de los entretelones de la política a la mexicana; de los servidores públicos que no lo son; de la democracia ilusoria y de los manipuleos mediáticos según cada línea editorial. Un licuado en el que, más que la farsa, impera la caricatura, en detrimento de una denuncia (necesaria) que –así– cuesta tomar en serio. Una tunda al gobierno, a la TV, a los partidos políticos, a los fariseos “benefactores”, a los mesiánicos “representantes del pueblo” y demás baraja patética. Pero una vez más –en aras de resultados– Estrada renunció al rigor y la sutileza. Tanto, que en el exceso la paliza fastidia; ya después de hora y media poco te importa quién la recibe y cuánto la merece. Porque claro, injustamente, el tundido final es el país.

Ahora, a ver qué depara ¡Que viva México!, seguramente motivo para hablar de una “pentalogía”. La crítica filosa y aguda seguirá, no tengo duda; ¿pero también la desmesura? Apuesten doble contra sencillo que así será, para beneplácito de la taquilla.

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