De clavado, a la piscina de la vida

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Alfredo Naime

Cada vez que de cineastas argentinas se trata, los primeros nombres que vienen a mi mente son los de Lucrecia Martel (Salta, 1966) y Lucía Puenzo (Buenos Aires, 1976). Ambas se destacaron desde sus respectivas óperas prima: La ciénaga (2001) y XXY (2007). En cuanto a Martel, sus otros largometrajes son La niña santa (2004), La mujer sin cabeza (2008), El aula vacía (2015) y Zama (2017); los de Puenzo, por su parte, El niño pez (2009), El médico alemán (2013) y La caída (2022), cuyo reciente estreno es justo el origen de esta introducción. Filmada en México, trátase de una coproducción Argentina-México-EEUU. Voy a comentarla, pero antes recupero –como antecedente– lo que en su momento escribí sobre El médico alemán, su film previo…

El médico alemán está dirigida por Lucía Puenzo, quien en 2007 entregara la difícil XXY, en torno a una adolescente intersexual y las encrucijadas sociales y familiares de su condición. Esta tampoco es fácil; centra su argumento en la inadvertida presencia (e incidencia) del criminal nazi Josef Mengele entre una familia argentina. Sucede en los 60s en la Patagonia, cuando Mengele se escondía en Sudamérica de la justicia israelí. Si ya de suyo es crispante esta premisa, el que una de las hijas de la familia –de apenas 12 años– desarrolle una especie de fascinación por el tipo, convierte el asunto en una pesadilla. Lucía Puenzo opta por la contención, con un acercamiento sutil (pero muy serio) que evita los clichés del thriller a-lo-Hollywood. Así, aquí lo nuclear no es el espectáculo de acción tradicional, sino el riesgo de lo posible, de lo subyacente, en torno a la siniestra figura de Mengele. Es de eso que brota la tensión, haciendo a la película siempre intrigante. Entonces, sin ser redonda por completo, vale la pena ver El médico alemán como un ejercicio de suspenso basado más en amenazas latentes que factuales. Por cierto, el debut cinematográfico de Florencia Bado en el rol de Lilith –la niña atraída por el misterioso alemán llegado a casa– es muy afortunado, haciendo creíble cada uno de sus momentos”.

Pues bien, La caída –basada en hechos reales, según créditos– tiene por núcleo a Mariel (Karla Souza), clavadista de alto rendimiento en busca de una última oportunidad de obtener medalla de oro, en los Juegos Olímpicos de Atenas 2004. Para eso entrena con Nadia (Déja Ebergenyi), joven promesa de tan sólo 14 años. Apenas semanas antes de la competencia, Irene (Fernanda Borches), la madre de la niña, hace pública su sospecha de que Nadia ha sido abusada por Braulio (Hernán Mendoza), el entrenador del equipo. Como Irene no tiene pruebas –y Nadia lo niega– la acusación no prospera. Así, el proceso y los planes rumbo a Atenas continúan, pero ahora con Mariel muy en conflicto con los recuerdos de sus inicios…a la edad de Nadia. De principio, la sensación es que el guion de La caída sufre de inconsistencias, pero es más bien que los personajes –inseguros, acorralados– son inconsistentes de hecho. Braulio miente alevosamente, al tiempo que llora sus “desventuras”; Nadia miente por inmadurez, temerosa de arruinar “su sueño”; y Mariel miente desde su silencio, porque…así de cerca ve el oro olímpico. Y alrededor de los tres, la negación; mirar para otro lado, guardar las apariencias. Así todos salvo Irene, la mamá que no sólo teme por la seguridad de su hija, sino que además sufre su rechazo. Es ella a fin de cuentas quien detona la redención de Mariel, justo cuando ya parecía demasiado tarde. En un balance, La caída vale más como testimonio de algo ocurrido –que sigue ocurriendo– que por estrictos méritos cinematográficos. Digo esto como un elogio y no por lo contrario. Aplausos a Karla Souza (también coproduce el film) por una actuación rigurosa e intensa, sin duda la más íntima y difícil de su carrera. Véanla en Prime Video.

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