Algunas bodas y el blues para un funeral

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Alfredo Naime

 No tengo duda: dos de las películas inglesas modernas más atesoradas son Cuatro bodas y un funeral (1994) y Realmente amor (2003). De esta segunda, dirigida por Richard Curtis, he hablado incontables veces en esta columna, siempre elogiosamente y babeando por ella. En cuanto a la primera, realizada por Mike Newell (a partir de un guion de Curtis), he vuelto a verla, 28 años después de su estreno. La disfruté mucho aquella vez; ahora también, aunque matizando ciertas cosas, en razón del tiempo transcurrido. Quizá la principal diferencia sea que esa primera vez no noté, a cabalidad, ni la hondura ni la belleza de un texto que se ofrece en la secuencia del funeral del título. Se trata del poema Funeral Blues, escrito por W.H. Auden en 1936. Para que no me resulte una asignatura pendiente, transcribo aquí su traducción al español…

“Detengan los relojes, corten el teléfono. Con jugoso hueso, prevengan que el perro ladre. Silencien los pianos y, con apagado tambor, traigan el féretro; que lleguen los dolientes. Que en el aire giman en círculos los aviones, garabateando en el cielo el mensaje ‘ha muerto’. Pongan crespones en los blancos cuellos de las públicas palomas. Dejen a los policías del tráfico portar guantes de negro algodón. Él fue mi norte, mi sur, mi este y oeste. Mi semana laboral y mi dominical descanso. Mi mediodía, mi medianoche, mi charla, mi canción. Pensé que el amor sería eterno; me equivoqué. Ya no son deseadas las estrellas: apaguen cada una. Empaquen la luna y desmantelen el sol. Viertan el océano y barran con el bosque, que ya nada, nunca, podrá ser algo bueno”.

Cuatro bodas y un funeral es esencialmente una comedia romántica (semi) coral, sustentada en el impecable trabajo y timing de un cast de ensueño, encabezado por Hugh Grant (Charles), Kristin Scott Thomas (Fiona), Andie McDowell (Carrie), John Hannah (Matthew) y Simon Callow (Gareth). En ella, el solterón Charles está en todas las bodas (siempre tarde), como padrino o como mero invitado, pero sin perspectiva alguna de que algún día él pueda ser el novio. Así una y otra vez –entre entrañables amigos inseparables– hasta que por su camino cruza Carrie, que a su vez…está por casarse. ¿Una comedia romántica y de enredos? Sí, desde luego; pero también de momentos emocionales, con la proverbial elegancia y flema británica, que por igual sabe ser desparpajada, genuinamente graciosa y –de ser necesario– políticamente incorrecta. Aquí algunas escenas que lo ilustran, sin describirlas a detalle (por obvias razones): el discurso de padrino de Charles, en la primera boda; ante el altar, el ritual de matrimonio oficiado por el Padre Gerald (Rowan Atkinson), en la segunda boda; el muy sentido memorial en el que escuchamos –y sentimos— el Funeral Blues, escrito arriba; y desde luego, el alucinante desenlace de la boda final, tan diabólicamente incómodo como deseado.

Concluyendo: casi tres década después, Cuatro bodas y un funeral sigue siendo un bocado imperdible que no ha envejecido, o muy poco apenas. Una de esas películas que los cinéfilos más jóvenes “descubren”, como descubrieron en algún momento (toda proporción guardada) films icónicos como El graduado, 2001: odisea del espacio, Naranja mecánica, Sexo, mentiras y video y varios más, impulsados por sus padres, por vox populi, o incluso por comentarios elogiosos de especialistas. Como estos: (Cuatro bodas y un funeral)… “Película para alegrarte y hacerte saber que de hecho la primavera llegará, antes de estar ya demasiado disecados para sentirla” (The Washington Post); “Construye una comunidad que termina por envolvernos” (Roger Ebert; Chicago Sun-Times); “Un argumento ingenioso, de capas diversas, nutrido en el marco de los rituales del título, aderezado con deliciosas interpretaciones y sabrosos diálogos” (Susan Wloszczyna; USA Today); “Una comedia romántica sorpresivamente encantadora” (Mr. Showbiz).

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