En cuanto a cine, confundirse no suele ser raro. Lo digo a propósito de que actualmente exhibe Obsesión (Obsession), thriller psicológico de Curry Barker, que está gustando mucho a la gente. Todo bien, excepto por el hecho de que son ya varias las películas con ese título, Obsesión, que se han distribuido y visto en México. Entre ellas, dos cintas estupendas: Ossessione (1943), de Luchino Visconti –adaptada de El cartero siempre llama dos veces, de James M. Cain– y Obsession (1976), de Brian De Palma, sobre un tipo que durante un viaje a Italia se encuentra con (y se enamora de) una mujer idéntica a su fallecida esposa. Además, recuerdo haber visto al menos otras dos Obsesión en el país; sus títulos originales, Broken vows (2014), de Bram Coppens, y Serenity (2019), de Steven Knight, ambas de poca estatura. Desde luego, casos como este abren la posibilidad de equívocos en cualquier charla o intención referencial. Por ejemplo, cuando te preguntan si alguna vez viste Obsesión, ¿cómo responder, si antes no te aclaran de a cuál se refieren? Vamos, sólo en este párrafo he mencionado cinco, guardándome algunas más.
Lo anterior da lugar a comentar otro caso parecido, que frecuentemente equivoca en las aulas de las escuelas de cine. El profe pide a sus alumnos ver –para la sesión siguiente– Los que se quedan, sin precisar más. Claro, unos llegan habiendo visto el documental mexicano (2008) de Juan Carlos Rulfo y Carlos Hagerman, mientras que el resto vio The holdovers (2023), que en México justo pasó como Los que se quedan. ¿Peccata minuta? Quizá sí…hasta que lo vives y te complica. Pero bueno: un poco como respuesta, en el espacio que queda les voy a hablar de ambos films, que desde su estreno encontré valiosos. En cuanto al documental de Rulfo y Hagerman –de indudable interés por su vigencia y alcances sociales– es un registro del impacto sobre las comunidades y familias dejadas atrás por quienes migran al norte, buscando una vida mejor. Los codirectores, con sensible emotividad, se acercan pues a pobladores de pequeñas villas de Chiapas, Yucatán, Puebla, Michoacán, Jalisco y Zacatecas, para explorar los sentimientos y realidad justo de esos que se quedan, añorantes y sin una comprensión cabal (apenas lo más elemental) de las motivaciones de sus parientes y amigos para irse. Familias que son el rostro olvidado de la migración, casi nunca explorado. Una obra entrañable que en verdad vale la pena.
Y sobre Los que se quedan de Alexander Payne, se ubica en Barton, un high school de Nueva Inglaterra, en los últimos días de 1970. Por las fiestas decembrinas, estudiantes y profesores se irán dos semanas, si bien cinco chicos van a permanecer ahí, por razones varias. Para quedarse con ellos se elige a Paul Hunham (Paul Giamatti), un solitario, rígido y huraño profesor al que ningún alumno quiere. Él, porque no tiene familia, ni amigos con quienes compartir. La tensión entre Hunham y los chicos es fuerte; en especial, la antipatía con el problemático joven Angus. Ahora bien: un giro inesperado hace que finalmente Angus y el profesor sean los únicos que permanecen en Barton, sólo acompañados por Mary, la cocinera del campus. En esa muy difícil convivencia, la cinta se torna entrañable, humana, graciosa, a partir de las imperfecciones de los tres personajes, diáfanos para entender (medianamente, al menos) que, en cuanto a vivir, en efecto somos Yo y mi circunstancia. De eso que la colisión entre Angus y Paul (Mary batalla consigo misma) tenga que ver tanto con sus propios límites y falencias, como con un pasado de heridas que les marca y determina. ¿Los antídotos de respuesta? De base, introspección personal; la comprensión del contexto y sus tensiones; la honda comprensión del otro, de los otros; la convicción de que cambiar es posible (aún fracturada el alma), en una evolución que parte de dentro y sólo depende de uno mismo. Sí: otra vez Payne nos lleva de viaje; un viaje geográfico (a Boston) que más traduce en valioso, luminoso, imprescindible, viaje íntimo.


