La semana pasada, en este espacio, aludí al Día Nacional del Cine Mexicano, aportando 20 títulos que a mí me gustan y disfruto siempre, en cada nueva oportunidad que surge para verlos. Hoy quiero recordar en específico a dos de ellos: Y tu mamá también (2001), por inaugurar el nuevo siglo, y El violín (2005), por su estatura y sello de cine diferente, de relevancia social. Y ratifico lo mencionado hace 8 días: larga vida al cine mexicano.
Y tu mamá también, de Alfonso Cuarón. Tenoch (Diego Luna) y Julio (Gael García Bernal) tienen 17 años; y claro, andan en el reventón. De status socio-económico distinto, su amistad es muy estrecha. Tras de conocer a la atractiva española Luisa (Maribel Verdú), la invitan a una vacación en la playa; la tirada de ambos es, desde luego, seducir a su hermosa acompañante. Emprenden por carretera el viaje; y durante el mismo (cuyo destino es la hipotética playa Boca del Cielo), el trío se irá conociendo bajo nuevas circunstancias, según los progresivos sucesos que van dándose. Del compañerismo chacotero a la competencia por el objeto del deseo; de la ruptura rotunda al reencuentro colectivo; de la intimidad transgresora a la definitiva bifurcación de caminos, Tenoch, Julio, Luisa –que ya no volverán a verse– en adelante llevarán a los otros dos consigo mismo, al quedar sus respectivas vidas, largas o breves, marcadas por esos cinco días irrepetibles. En efecto, aquel itinerario hacia una playa esquiva terminaría siendo inicio, en vez de punto de llegada. Y tu mamá también es una road picture que tiene más que ver con las incongruencias estratégicas y sociales de nuestro país, que con el bullicio hormonal (una fachada, apenas) de sus dos protagonistas varones. En ello radica su valor esencial, que la hace más importante, profunda y triste –sí, triste– de lo que a primera vista parece. Y dado que la sinceridad narrativa suele escasear, su inusual aspereza no es demérito.
El violín, de Francisco Vargas Quevedo. En un espacio cerrado, obscurecido, un militar interroga/tortura a un hombre atado a una silla, frente a otros aldeanos aterrorizados, también sometidos. Entre insultos y amenazas, las preguntas son: ¿Dónde están sus jefes? ¿Dónde ocultaron lo demás? Porque no hay respuestas, la tortura y los golpes continúan; una mujer es violada y el humilde villorrio serrano, arrasado. Ejecutan a un hombre; varios son retenidos y decenas huyen, desplazados. Ante una cámara en principio neutral, el punto de partida y clima narrativos quedan expuestos. Mientras eso sucede, el octogenario Don Plutarco (Ángel Tavira), su hijo Genaro y su nieto Lucio buscan algunas monedas como músicos callejeros en el pueblo más cercano a su monte. Una actividad en realidad parapeto de la intención verdadera: la de circular y recibir información sobre los avances que las células de su guerrilla van alcanzando, puesto que –violentados, saqueados y marginados hasta el hartazgo– los lugareños han decidido poner un “hasta aquí” a la situación. El violín es una mirada ofendida, acusadora, a manera de relato, a la histórica asignatura pendiente de la justicia social en México, así como al eterno e indigno agravio a quienes lo único que tienen justo es dignidad. Filmado en un blanco y negro con la naturalidad de un obligado estilo documental –al que enriquecen los muchos no-actores– el film es de momentos, de miradas, de silencios; de frases inconclusas que paradójicamente completan y definen las ideas. Sin tiempo ni geografía definidos (para no limitar la universalidad del reclamo), está centrado en esa respuesta a la marginación del campesinado –perenne víctima principal de tanta postración e injusticia– por parte gobiernos abusivos que obligan al ejército a ser su operador. A la luz de esto, no es gratuito ni coincidencia que, en El violín, el hijo y el nieto de Don Plutarco, el protagonista central, se llamen Genaro y Lucio. En los 60s y 70s, Genaro Vázquez Rojas y Lucio Cabañas precisamente fueron los nombres –icónicos– de la guerrilla en las montañas de Guerrero. Mi estado natal, por cierto.

