A cada rato me preguntan si ya vi Digger y, en su caso, si me gustó. La vi ya, pero sólo una vez, lo cual me resulta insuficiente para una valoración precisa y mayor. Porque adelantar que la encontré “bizarra, pero muy bien filmada”, no alcanza como crítica que pueda tomarse en cuenta. Es apenas punto de partida, pero no revelador o concluyente en modo alguno. A Digger genuinamente le hincas el diente hasta después de una cuidadosa segunda (o incluso tercera) mirada, que yo estoy muy dispuesto a hacer. Afirmo que su primer visionado no me disgustó, en buena medida porque llegué a ella sin prejuicios ni demasiada expectativa. Su argumento versa sobre Digger Rockwell (Tom Cruise), millonario magnate petrolero que un día amanece con la noticia de la explosión de su plataforma de extracción en Groenlandia, con la pérdida de muchas vidas. Pero hay una consecuencia incluso peor: el impacto desprendió una gigantesca masa de hielo –del tamaño de Maryland, le dicen– que flota hacia Europa con toda fuerza. El pronóstico es que el choque será devastador y arrojará incontables muertes, a la par de un profundo, inevitable, trauma ecológico.
Lo que hace a Digger directo culpable de todo esto, es que pocas semanas antes recibió de los responsables de su plataforma una advertencia: la aparición de una grieta en la superficie la hacía claramente insegura, por lo cual recomendaban detener, de inmediato, la extracción. El tipo no hizo caso y de ahí las consecuencias, que ahora tendría que gestionar con el Presidente de la nación, quien –en cuidado de su imagen– tiene esta estricta reacción: “Si Digger nos metió en esto, que Digger lo arregle como pueda”. Así que, Digger, a tomar al toro por los cuernos. Ya él les demostraría a todos ser la única salvación posible para el mundo. Eso sí, siendo el urgente primer paso acotar la narrativa: “Si no podemos controlar el curso de la naturaleza, al menos podemos controlar la narrativa”. En esto se ubica la audiencia –el 1er acto, todavía– cuando la película de Alejandro G. Iñárritu presenta un giro que en buena medida cambia el sentido de lo visto, y consecuentemente, de lo que estamos por ver. Favor de descubrir ese giro en la sala de cine.
Reitero: mi valoración puntual de Digger vendrá en cuanto la haya visto al menos por segunda vez. Lo que sí está claro es que al momento ha polarizado las opiniones, lo mismo cosechando detractores que decididos defensores. Entre estos últimos, Guillermo del Toro, por cierto. Tomando a la IMDb como fuente, al público le ha gustado la película, calificándola con un buen 7.5, mientras que los críticos la mantienen en un poco amable 4.6. Pero cual sabemos, todo ello es subjetivo, aunque de tomarse en cuenta. Ahora bien, en cuanto a otros nombres importantes en Digger –además del de Tom Cruise– aparecen los de John Goodman (Presidente Compson), Riz Ahmed (Ganesh), Sandra Hüller (Emma), Jesse Plemons (Kenny) y Michael Stuhlbarg (Vicepresidente). Por igual, en la cinta está, en un rol pequeño, nuestra paisana Mercedes Hernández (Adelia), recordada y muy reconocida por su trabajo en Sin señas particulares (2020). Y no olvidemos que la cinefotografía corre a cargo de Emmanuel Lubezki, tres veces ganador del Oscar; dos de ellas, en films del propio Iñárritu: Birdman (2014) y El renacido (2015). Acérquense pues a Digger, para que cada quien decida de qué lado de la polémica quiere forcejear.
Finalizo esta columna con el aviso de que en Netflix se encuentra el documental Llamarse Olimpia, ganador del premio principal del FIC-Guadalajara 2025. Es la ópera prima de Indira Cato, en torno a la activista Olimpia Coral Melo y sus años de lucha en contra del acoso y la violencia digital en México y otros lugares. Esto, tras de ser ella exhibida en un video íntimo –sin su consentimiento, claro– lo cual la condenó y estigmatizó de inmediato. Un asunto nada grato, que no por ello debe alejarnos del valor que tiene y de la importancia de verlo.

