La FIPRESCI es la Federación Internacional de la Prensa Cinematográfica y sus miembros son cientos de críticos de cine, de todo el mundo. A mediados de cada año, el organismo les convoca, a todos, a votar para elegir qué film del mundo se hace acreedor al FIPRESCI Grand Prix como el mejor del último año. En este 2025-2026, son cinco los finalistas del proceso; el ganador será anunciado y galardonado el próximo 18 de septiembre, durante la ceremonia de apertura del 74º Festival de Cine de San Sebastián. De esos cinco títulos, ya reseñé tres en este espacio; los otros dos, hasta donde sé, no se han visto en México. Hablo del drama rumano Fiordo, de Cristian Mungiu, y del recuento nostálgico germano-húngaro Silent Friend, de Ildikó Enjedi. Por la importancia del FIPRESCI Grand Prix, brevemente recapitulo aquí dos de las tres películas sí exhibidas. La restante es Una batalla tras otra, de Paul Thomas Anderson, que hoy omito por falta de espacio. Veamos…
Hamnet (Reino Unido), de Chloé Zhao. Inglaterra, siglo XVI; la encinta Agnes –a quien se atribuyen facultades de vidente sanadora– y el joven escritor Will Shakespeare, se casan. Se hacen padres de Susanna, igual que de los gemelos Hamnet y Judith, cuyo amor y cercanía son enormes. Gradualmente Will alcanza celebridad como dramaturgo, en medio de lo cual el destino golpea: la peste les roba al pequeño Hamnet. Los Shakespeare quedan pues lacerados, fracturados; expuestos a una tristeza para la que nadie está preparado (Agnes, menos aun). El dolor sin perspectiva torna todo resquemor y dudas. Así, con su matrimonio en el umbral de la ruptura, Will se marcha a Londres, donde escribe y estrena Hamlet, de la cual nada sabe Agnes. Inopinadamente, es del papel y tinta de esa obra que brota el cauce hacia la aceptación, la reconciliación y la paz imprescindibles para recomenzar y seguir adelante. A pesar de enfrascarse de lleno con las duras aristas de la pérdida y el duelo, Hamnet rebosa humanidad, igual que una suerte de sutil misticismo que resulta mágico. Su historia, ficción en buena parte, aterriza al Shakespeare leyenda; su hondura va a la par de su belleza; su pensamiento, de la mano de los sentimientos; y su conclusión, relativa a la trascendencia de la creación artística, ofreciendo la incontestable certeza de que sanar, cicatrizar, son incluso poderes que están en el arte.
La voz de Hind Rajab (Túnez), de Kaouther Ben Hania. Testimonio del apabullante hecho real acontecido en Gaza el 29 de enero de 2024. Ese día, aterrada, la niña palestina Hind Rajab, de tan sólo 5 años, consiguió llamar a la Media Luna Roja para pedir auxilio. Llorando, su frágil voz explicó que el auto en que viajaba con familiares había sido atacado por un tanque israelí, y que excepto ella, todos parecían estar “dormidos” (!). Oculta en el auto, pedía con desesperación que alguien fuera a rescatarla. Sensibles y genuinamente comprometidos, los voluntarios de la MLR de inmediato –frenéticamente– pusieron en marcha los intentos de rescate, obstaculizados hasta límites esclavizantes por restricciones de guerra y protocolos imposibles de desatender. Y aunque Hind Rajab está sólo a minutos de la ambulancia más cercana, las siguientes tres horas serán insufriblemente angustiosas. Para la niña, rodeada de soldados y tanques; y para los desesperados ángeles guardianes del call-center, avasallados por una sensación de creciente impotencia. A Hind nunca la vemos; ella es sólo su voz –la verdadera, grabada ese día– en un entorno de estática, interferencias, metralla y horror. Sí; La voz de Hind Rajab se sustenta en una angustia perenne, más que sofocante. Denuncia los hechos relatados, pero en su dimensión mayor opera como una de las más potentes películas antibélicas de los tiempos recientes. Crece como un docudrama, que fusiona perfecto lo real histórico (la voz de la niña) con lo demás recreado, impecable por cierto en cuanto a sinceridad, respeto y autenticidad. (Pues bien, uno de los cinco títulos mencionados recibirá el FIPRESCI Grand Prix. ¿Tienen un favorito? Yo ya voté).


