De vez en vez (cada 6-8 meses, o así) escribo alguna columna “miscelánea”; es decir, columnas de conceptos breves que me permiten decir cosas (muchas) que traigo en la cabeza, sin extenderme en alguna película o idea que ocupe la mayoría del espacio. Siguen siendo columnas sobre cine, claro; pero más libres, más lúdicas, más “a tu aire”. Si me lo permiten, aquí va una de ellas, con el deseo de que resulte de interés –o entretenida al menos– a pesar de mencionar, muy brevemente, varios tópicos. Que así sea.

1) Sigue habiendo gente que se sale del cine; yo no, ni siquiera en los casos de películas tan malas que te hacen leer la palabra “Fin” como “Por fin”. La cinta más reciente de la que vi salirse público es Un cadáver para sobrevivir (Swiss army man) que ni siquiera es mala necesariamente, aunque en efecto a mí no me gustó (en Sundance recibió el premio a mejor dirección, como resultado de ser “original, provocativa y entretenida”).

2) Recién volví a ver Shakespeare apasionado, ganadora de siete premios Oscar en 1999; una particular versión de Romeo y Julieta justo en el tiempo en que William Shakespeare escribe…Romeo y Julieta. Una película gratísima, luminosa, de muchos momentos imborrables, con Joseph Fieness como Will Shakespeare y Gwyneth Paltrow como Viola De Lesseps, su amor imposible. De esos films que no envejecen un ápice.

3) ¿Alguno de ustedes va a impartir una “masterclass” de actuación? Aquí tienen tres escenas fundamentales: en Mejor imposible, esa que inicia con Helen Hunt entrando a su casa en pánico, tras notar que el auto de un médico está estacionado frente a su puerta (y no digo más, para que corran a buscarla y la vean); en Una mujer descasada, la escena en que Jill Clayburgh es “informada” por su marido de que va a abandonarla, después de 17 años de matrimonio; y finalmente, en Capitán Phillips, la escena final de la película: Tom Hanks, el capitán del título –en estado de shock– es revisado por los médicos del barco que, en altamar, le ha rescatado de piratas somalíes. Tres piezas estelares de la actuación para cine, que le significaron el Oscar a Hunt y nominaciones para Clayburgh y para Hanks, al Oscar y al Golden Globe respectivamente.

4) Y si de escenas inolvidables se trata, quizá las más conmovedoras y/o mágicas y/o imperdibles son aquellas que involucran a la música. Por ejemplo, en Orgullo y esperanza (Pride), esa de mineros y activistas –hermanados– cantando “Bread and Roses”; o en Amarga pesadilla, el alucinante “duelo” de guitarra y banjo; o en La boda de Muriel, el hilarante cover amateur de Waterloo, en el “show Abba” de un resort vacacional; o en Casablanca, Sam –al piano– cantándole a Ingrid Bergman “As time goes by”, por la nostálgica necesidad de recordar viejos tiempos; o en Tiempos modernos, justo el último momento, con Charly Chaplin y Paulette Godard alejándose a pie por aquella carretera –de la mano, el uno con el otro, el uno para el otro– mientras suenan las dulces notas de “Smile”. Todas, estampas irrepetibles de la fusión de la música con la imagen.

5) ¿Habrá películas sin las cuáles el cine no sería lo mismo? Seguramente sí, pero dependientes de diferentes juicios y criterios, nacidos de mentes diferentes, que por lo mismo no son sino subjetivos. Pero en lo que a mí respecta –ya sin considerar los 4-5 títulos obvios (y clásicos) de la historia del cine (como Ciudadano Kane, por ejemplo)– me atrevo a señalar tres films: Los hijos del paraíso (Francia; 1945), de Marcel Carné; Ladrones de bicicletas (Italia; 1948), de Vittorio De Sica; y sí, El padrino (EEUU; 1972), de Francis Coppola. Mucho menos conocidas por el gran público, agrego dos cintas más: Nostalgia (Italia-URSS; 1983), de Andrei Tarkovski, y el documental El pesar y la compasión (Francia; 1969), de Marcel Ophuls. Claro que podrían mencionarse decenas de títulos más, según quien los “piense”; pero eso ya lo comenté.   

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