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Aprender del cine, aprender en el cine

La cartelera fílmica local empieza a atorarse, con casi nada estimulante para ver. Y el panorama inmediato tampoco es prometedor, a menos que alguien se sienta alborozado por la cercanía de Cómo ser un latin lover, que aparentemente no es tan mala como lo sugieren su tráiler y su título (además sale Salma Hayek, digo yo). Así pues, ante la situación, lo que recomiendo es aprovechar La morgue (The autopsy of Jane Doe), de André Ovredal –un muy logrado misterio de horror– o ya de plano re-checar títulos que uno ya vio, pero que tienen méritos; por ejemplo Voraz y Día del atentado, ya comentadas en este espacio. De otro modo, habrá que elegir entre 3 idiotas, remake mexicano del film hindú homónimo; entre blockbusters típicas como Rápido y furioso 8 y Guardianes de la galaxia vol. 2, y entre llevar a los peques a que ellos sí se diviertan, con pelis como Un jefe en pañales o Los pitufos en la aldea perdida. Reitero: un panorama poco alentador. Pero lo he dicho siempre, no hay peor película que la que uno no ve; porque en el cine de todo aprendes. ¿En serio? ¿Qué aprendemos del cine? ¿Cómo aprendemos del cine?

Del cine aprendemos historias –en ficción o en documental– que por su valor te enseñan cosas y por lo tanto te enriquecen; te hacen crecer. Aprendimos, por ejemplo, quién fue Oskar Schindler, que salvó la vida a más de mil judíos durante el holocausto (La lista de Schindler). También, que la gran mayoría de las víctimas de la tragedia del Titanic murieron ahogadas y no por hipotermia (Titanic). Por igual, que en el ámbito de la mafia, una Familia (en específico la de los Corleone) sencillamente te hace una oferta “que no puedas rehusar”, para obtener lo que necesita (El padrino). También, que la amplia diferencia de edad puede no ser impedimento para la intensa atracción mutua, cuando necesitas del bálsamo de la compañía y el reconocimiento del otro (Perdidos en Tokio). Además, que existen relaciones de pareja en las que al menos uno de los dos piensa del otro: “no puedo vivir sin ti, pero no puedo vivir contigo” (Annie Hall). Y que el amor –sea puppy love, amor juvenil, amor adulto o incluso amor maduro– a veces se encuentra pronto y bien, a veces pronto o bien, y a veces ni pronto ni bien (Realmente amor). E incluso, que se puede conocer la insurrección republicana de París a través de canciones, si bien los eventos de aquel 1832 no precisamente se dieron cantando (Los miserables).

Ahora bien, ¿cómo aprendemos del cine? Del cine aprendemos “por estar ahí”. ¿A qué me refiero? En la película que sea, mientras veo, estoy; y si estoy, aprendo (si pienso, claro). El contar mostrando del cine se convierte en el recurso que nos permite aprender de lo que vemos, porque ahí estamos, en condiciones ideales para el aprendizaje; deseablemente, “cautivos” en la obscuridad de una sala sin distracciones, absortos frente a imágenes enormes que parecen aún más grandes que la realidad de la vida, o al menos más contundentes. Entonces, el arte del cine –en su dimensión formativa y en cualesquiera de sus otras dimensiones– no se cumple a distancia, ni referencialmente, ni cuando alguien te cuenta la película; se cumple estando y, por estar, se cumple vivenciando. ¡Ay de aquel que piense que ya no tiene caso ver un film que ya le contaron! Lo único que puede contarse de una película es su argumento, pero no la experiencia integral de verla, que es infinitamente mayor. Incluso, tampoco es cabalmente cierto eso de que el argumento pueda contarse: podrás referir la trama (los eventos físicos), pero no así la historia, madurada por los eventos emocionales. Lo emocional debe sentirse, no basta con mirarlo y escucharlo. En conclusión, como se aprende del cine es siendo cinéfilos, presentes y abiertos frente a él. ¿Y qué es ser cinéfilo? Dicho con simpleza, cinéfilo es quien tiene al cine como su entretenimiento principal, lo que le hace ver películas habitualmente, no ocasionalmente. Porque a fin de cuentas, “el cine es eso que pasa cuando ves películas”, ¿o no?

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Alfredo Naime

Alfredo Naime

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