Salí de ver La forma del agua bastante impresionado. La madurez de Guillermo del Toro como cineasta es una realidad y qué bueno que así sea. Voy a reseñar la película hasta verla por segunda vez, para tener más frescos y a detalle el cúmulo de elementos y aristas que merece la pena comentar. Por lo pronto, recupero aquí algo que ya había escrito sobre el film, agregando algunas ideas nuevas. La forma del agua ha venido cosechando, por todas partes, calificativos de “obra maestra”. Se ubica a inicios de los 60s (tiempos de la “guerra fría”), construida como cuento de hadas sobrenatural o algo así. En un laboratorio gubernamental secreto, Elisa (Sally Hawkins) –una empleada de limpieza muda, atrapada entre la soledad y la rutina– descubre y se enamora de un ser anfibio, “sujeto” de un experimento clasificado. Por la ilusión, la vida de la chica cambia por completo; pero lógicamente, también están los consecuentes riesgos y sus implicaciones. ¿Qué riesgos? Súmenle: la seguridad nacional, los rusos como “amenaza” y el desenlace del proyecto top secret. Sin saber el gramaje exacto, metan a la licuadora un poco de E.T., una pizca de Dr. Insólito y otro poco de La bella y la bestia, para un panorama aproximado. Pero no bastan los ingredientes; del Toro encontró las sinergias perfectas para su mezcla, resultando un elixir tanto deleitoso como excitante. Ya habrá ocasión de extenderme al respecto. Concluyo este párrafo con lo que hasta el momento es quizá el comentario más llamativo y elocuente vertido sobre La forma del agua. Es del realizador Kevin Smith (Clerks; Dogma): “Ver algo tan hermoso como esto me hizo sentir estúpido por considerarme un director todo este tiempo”.

La que vi de nuevo y disfruté muchísimo fue Perfectos desconocidos, la cinta española de Alex de la Iglesia, remake de Perfetti Sconosciuti (2016), de Paolo Genovese. Me pareció aún mejor y más lograda que en la primera mirada, haciéndome más consciente de sus sutilezas y estrategias (porque –ya lo saben– en el primer visionado te absorbe lo que pasa; en el segundo, cómo pasa lo que pasa). Hace un par de semanas me referí con amplitud a Perfectos desconocidos, en la que un grupo de amigos –tres parejas y uno más– se reúnen a cenar en noche de luna llena “de sangre” (rojiza). Por hacer algo diferente y abrirse a lo inesperado, deciden que cuanto llegue a sus celulares durante la cena queda al alcance de todos: llamadas, mensajes, whats, fotos, etc. Ninguno imaginó lo espeluznante de los resultados. Hoy agrego a mi primer comentario que el perfil de los personajes está cuidadosamente desarrollado, sin que casi se note. También, que Alex de la Iglesia siempre supo cuán bien se presta esta anécdota para la sociedad española urbana, aunque es de hecho un asunto universal. Y reitero algo que mencioné desde la primera oportunidad, hace días: el insuperable, conmovedor trabajo (perfecto, si cabe decirlo) de Eduard Fernández como Alfonso. El tipo se roba la película un puñado de veces –en tonos de interpretación distintos– casi sin esfuerzo (o no se le nota). Aprovechando que sigue en cartelera, que nadie se pierda Perfectos desconocidos, ejemplo de la potencia que puede alcanzar una comedia negra cuando tan inteligente y provocadora.

Y finalmente, está en cartelera otra película muy valiosa: En la penumbra (In the fade), reciente ganadora del Golden Globe a mejor film en lengua extranjera. Su director es el turco-germano Fatih Akin, conocido entre otras cosas por el documental Cruzando el puente: los sonidos de Estambul (2005) y por A la orilla del cielo (2007). En la penumbra es un drama relativo a una mujer que busca justicia en los juzgados, tras la muerte de su esposo y de su hijo en un atentado, presumiblemente por motivos raciales). Diane Kruger interpreta a Katja, la viuda y madre, desempeño que le significó el premio a mejor actriz en el Festival de Cannes 2017. Otra cinta imprescindible, para provecho de los cinéfilos.   

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