Empiezo esta columna con una noticia que me ha dado genuino gusto: el Festival de Cannes galardonó a Cafarnaúm, tercer largo de la libanesa Nadine Labaki, tanto con el Premio del Jurado como con el Premio Ecuménico. Labaki es la directora de la memorable ¿Y adónde vamos ahora? (2011), también doblemente reconocida en Cannes hace poco más de un lustro. Ubicada en un barrio marginal de Beirut, Cafarnaúm tiene que ver, según las crónicas, con un niño que decide demandar a sus padres –llanamente– por haberlo concebido, dadas la miseria e inequidad del mundo. Reproduzco aquí la justificación del Jurado del Premio Ecuménico (otorgado año con año al film que mejor exponga solidaridad y valores humanos) para reconocer a Cafarnaúm: “Por exponer sin concesiones –a través de la historia de un niño– la infancia maltratada; y por proponer un viaje iniciático imbuido de altruismo”.

Hay que decir, sin embargo, que algunas de las primeras reacciones de la crítica no han sido del todo favorables, adjetivando a Cafarnaúm como un calculado melodrama sobre la miseria, desde el “siempre a mano” pretexto de los niños. Como sea, a pesar de su corta filmografía, siempre he visto a Nadine Labaki como una de mis directoras favoritas, por lo que este nuevo film me significa un verdadero acontecimiento. Ojalá haya oportunidad de verla en México muy pronto. En cuanto a la Palma de Oro, el premio principal de Cannes, ya todos saben que fue para la cinta japonesa Shoplifters, de Hirokazu Kore-eda, de quien por cierto ahora mismo exhibe entre nosotros su película anterior, El tercer asesinato. Y para terminar, Cannes otorgó una Palma de Oro Especial a Jean-Luc Godard, el ya octogenario (87) pero eterno enfant terrible de la “Nouvelle Vague”, o más aún, del cine francés. ¿Será Libro de imágenes, proyectada en el festival, su última película? Natura augura que sí; falta ver qué dice Godard.

Volviendo a nuestro territorio, a nuestra cartelera, tuve ocasión de ver tres cintas muy diferentes. Campeones es un recuerdo a aquella gesta, en 2005, de la selección mexicana sub-17 de futbol, que al mando de Jesús Ramírez ganó en Perú la Copa del Mundo de la categoría. Su directora es Lourdes Deschamps (esposa de Chucho), quien tal vez por los vínculos emocionales familiares sucumbió a la tentación de un acercamiento en tono (excesivo) de melodrama edificante. Lástima; pero se le agradece lo bien intencionado de su esfuerzo. Por su parte, Gringo –coproducción Australia-EEUU– es una comedia de tintes negros, con varios segmentos filmados en Veracruz y en la CdMx. En ella, el ejecutivo de una importante compañía descubre (durante un viaje a México) que va a ser traicionado por sus inescrupulosos jefes, por lo que urda un plan para engañarlos y cobrar una fuerte suma (la cobertura de un seguro), sin sospechar que indirectamente se está involucrando –afectándolo– con el capo de un cártel mexicano de la droga. Dirige Nash Edgerton y en el reparto están nombres de peso, como el de Charlize Theron y (muy desaprovechada) Amanda Seyfried. Gringo es bastante divertida hasta que se torna confusa en su tercer acto, con uno o dos giros de más; pero está realizada con brío y cumple bien con su única pretensión: ser un entretenimiento de solidez.

Finalmente, El tercer asesinato, de Hirokazu Kore-eda (mencionada arriba), es un drama legal en torno al juicio de un obrero fabril por el asesinato del dueño. Tal es el punto de partida, pero lo nuclear surge de que el acusado –asesino confeso desde el inicio– comienza a modificar su versión, empañando los hechos. Así, conforme su abogado intenta desentrañar el misterio, la película deja de ver a la pena de muerte como un mero veredicto posible, para tornarse sutilmente un alegato que la cuestiona. Muy distinta a lo que nos manda Hollywood, El tercer asesinato es quizá lo más importante de la cartelera vigente.

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