Pude ver Nace una estrella (A star is born) por segunda vez, lo que me anima, ahora sí, a ampliar mi comentario sobre ella de la semana pasada. La verdad es que conecta bastante bien con la audiencia. Bajo la dirección de Bradley Cooper –su ópera prima como realizador– la película entrega una nueva versión de cierta historia clásica: la de la talentosa desconocida que escala hasta la cúspide del show business apoyada por una celebridad, que a su vez entra en el umbral de un doloroso declive. Ally (Lady Gaga) trabaja en un restaurante, pero algunas noches también canta en un bar de medio pelo. Hasta ahí llega una noche, después de un concierto, el “rock star” Jackson Maine (Bradley Cooper), justo cuando ella sale a interpretar La vida en rosa. El impacto es demoledor, así como la química entre ambos. A partir de ahí, la pareja no se separa más: Jackson será el impulso definitivo de Ally hacia el estrellato, pero con no pocos “raspones” (serios) a la relación entre ambos. Sobre todo, por la adicción del tipo al alcohol y las drogas, que hace el camino no meramente sinuoso, sino incluso convulso, arriesgado. En concreto para la ascendente Ally, que a pesar de todo continúa su inercia hacia la fama, al mismo ritmo que “su” Jack se desbarranca en una espiral de errores y excesos.

Tras esta segunda mirada a Nace una estrella, ratifico varias de mis “primeras impresiones”. Sus méritos son diversos y está muy bien actuada (Lady Gaga sorprendente, sabiendo que antes que actriz es cantante). Su mejor segmento es el 1er acto –la precisión e inmediatez de su planteo– base firme para un sólido melodrama romántico, de apuntes críticos al brillo cegador del éxito, a su artificial oropel y a lo caprichoso de sus vaivenes. No obstante –lo cual resulta refrescante– Ally y Jackson no parecen parte de este universo. Lo habitan y están inmersos en él, pero ambos son más bien espíritus libres y no tanto divas atrapadas en la eterna parafernalia que circunda a la celebridad. Y justo en ese sentido, imposible no sentir los tonos trágicos en su historia, perfectamente enmarcados por un soundtrack realmente extraordinario, integrado por piezas que –además– Lady Gaga y Cooper cantaron en vivo, durante el rodaje mismo de cada escena. Hay que ver, pues, Nace una estrella, evidencia de que Bradley Cooper puede convertirse en un director destacado, si en adelante sigue mostrándose tan seguro y tan en control como aquí.

Otro film que hay que aprovechar –toda una sorpresa– es La muerte de Stalin, de Armando Iannucci, comedia satírica sobre el poder no como el atributo temporal que te da la posibilidad de servir, sino como un bien que nomás no se puede perder, faltaba más. La semana pasada perfilé su línea argumental: Moscú, 1953. Inesperadamente, Stalin muere; con lo que –en medio de un caos de pánico, confusión y ambiciones– todos los “camaradas” ministros del Comité Central luchan por salir bien librados…apoderándose del mando antes que los demás. La muerte de Stalin es una inteligente, muy divertida (pero también crítica) sacudida a las dictaduras y su noción del poder. A todas de hecho, aunque aquí el núcleo contextual sea la Unión Soviética. Su agudeza e irreverencia de alguna forma te remiten a los hermanos Coen, de una forma más sutil pero no menos devastadora. Así pues, no sorprende que la cinta esté prohibida en Rusia; no en defensa de Stalin y sus horrores, por supuesto, pero sí de la historia rusa y de varios de sus símbolos (el himno, por ejemplo). La muerte de Stalin está basada en una noveleta gráfica francesa; actúan en ella, entre otros, Steve Buscemi (como Nikita Khrushchev), Jeffrey Tambor (Malenkov), Olga Kurylenko (María Yudina), Michael Palin (Molotov) y Simon Russell Beale (como Lavrenti Beria, el temible jefe de la policía secreta stalinista). En verdad, no la dejen pasar. Y en este orden de ideas, ojalá alguna vez nos llegue In the loop (2009), la otra sátira política del escocés Iannucci, de la que todos hablan muy bien.

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