Dediqué las pasadas dos columnas al recuento de las veinte películas que más me gustaron a lo largo del 2018, exhibidas en salas comerciales. Fueron, en orden alfabético: Apóyate en mí, Crimen en El Cairo, De libros, amores y otros males, En la penumbra, El insulto, El sacrificio del ciervo sagrado, Lady Bird, La forma del agua, La libertad del Diablo, La maestra del kinder, La muerte de Stalin, Los Adioses, Muchos hijos, un mono y un castillo, Nace una estrella, Nunca estarás a salvo, Rostros y lugares, Tres anuncios por un crimen, Un pequeño favor, Una familia peculiar y Una mujer fantástica. Hoy agrego diez títulos más no considerados en ese primer corte, pero que bien pudieron estar.

Desobediencia (Disobedience), de Sebastián Lelio: dos amigas de juventud se reencuentran en su estricta comunidad judía ortodoxa, años después de un amor considerado “oprobioso” por ese entorno. Drama arriesgado y austero, hondo en pasión, sobre temas quizá incómodos, pero también esenciales. El hilo fantasma (Phantom thread), de Paul Thomas Anderson: la vida “perfecta” de un admirado diseñador de modas se trastoca al irrumpir en ella una joven ordinaria a la que sencillamente no le ajusta el sometimiento. Extraordinario drama de personajes (de mundos distintos), en relaciones aparentemente controladas que se fragilizan y explotan ante la llegada del agente disruptivo. El tercer asesinato, de Hirokazu Koreeda: drama legal en torno al juicio de un obrero fabril por el asesinato de su patrón. Evita ver a la pena de muerte como un mero veredicto posible, para tornarse un sutil alegato que la cuestiona. Film japonés muy distinto a lo que nos manda Hollywood. Hogar (Home), de Fien Troch: un evento trágico fractura y distorsiona el “estacionado” contexto de cuatro adolescentes, lo que les confunde/fragiliza. Descarnada cinta belga, de mirada amarga a la incomunicación entre generaciones: jóvenes y adultos incapaces de establecer algún vínculo medianamente significativo o compartible.

Pájaros de verano, de Cristina Gallego y Ciro Guerra: film sobre el inicio del negocio de la droga en las comunidades indígenas colombianas, cuyo transcurso –entre ancestrales ritos y tradiciones– deriva en traición, pérdida y muerte. Realización impecable y sólida narrativa, que en armonía exudan un profundo lirismo de tonos trágicos. Sin amor, de Andrey Zvyagintsev: un amargo proceso de separación conyugal involucra al pequeño hijo único de una ya rencorosa pareja. El niño desaparece y los padres se dan cuenta hasta dos días después, interesados sólo en “sus” asuntos. Imprescindible film ruso sobre el sufrimiento nacido desde dentro –la familia– a contracorriente de lo esperado. Sueño en otro idioma, de Ernesto Contreras: un lingüista estudioso del zicril, un dialecto, enfrenta el reto de evitar su desaparición ante el hecho de que sus últimos y únicos “hablantes” son dos ancianos peleados a muerte. Sensible y bello film que además guarda respeto, en fondo y forma, por los universos que explora.

Un final feliz (Happy end), de Michael Haneke: drama de familia –como le gusta a Haneke– en torno a cinco almas incompletas, insatisfechas, con heridas y secretos íntimos que percibes explotarán en cualquier momento. Si bien no define un personaje-narrador, ni tampoco su búsqueda esencial, nunca deja de interesarte; más a la manera de una película “importante” que de una totalmente acabada. Viudas (Widows), de Steve McQueen: crime thriller relativo a cuatro mujeres que –obligadas por las circunstancias– se unen para resolver las “deudas” delincuenciales dejadas por sus fallecidos maridos. Brillantemente dirigida, si bien tiene tal vez –cuestión de gustos– un giro enorme (excesivo) que no ves venir. Yo soy Simon (Love, Simon), de Greg Berlanti: un adolescente gay enfrenta las encrucijadas de revelar (o no) su condición. Cinta más relevante de lo que parece, sobre sustentar quién eres y hacerlo sin necesariamente generar –ni generarte– conflicto.

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