Algo de lo mejor del primer tercio del año

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Como en todas partes las pantallas están copadas por Avengers: endgame, generándose una cartelera parca en opciones, intentemos en la columna de hoy (sin entrar a demasiado detalle) un balance de algo lo mejor que hemos visto en Puebla y alrededores, transcurrido el primer tercio del año. Comencemos por Guerra Fría, de Pawel Pawlikowski –ubicada en la Polonia de los 50s– una historia de amor loco entre un director de orquesta y una joven cantante campesina, a quienes el entorno político les determina y asfixia. A pesar de sus muchos momentos de hermosa y festiva música, la cinta va adquiriendo tonos trágicos de creciente desesperanza (uno de sus temas es la pasión amorosa rodeada de imposibles), sin por ello hacerse amarga, ni perder hondura o su belleza inherente. Por su parte, el documental ganador del Oscar Free Solo, de Jimmy Chin y Elizabeth Chai Vasarhelyi, tiene por personaje a Alex Honnold, el primero en subir la pared conocida como El Capitán –de 915 metros verticales, en Yosemite– sin cuerdas ni equipo de seguridad. Tal vez la mayor hazaña en la historia de escaladas de este tipo, cuyo rasgo definitorio es la altísima, escandalosa, posibilidad de morir. Free Solo entrega todo como un testimonio alucinante y absorbente en dosis iguales, con paisajes de una belleza imposible como marco de un evento de peligro y fatalidad inminentes.

También debo incluir aquí la película tailandesa Mentes peligrosas (Bad genius), de Nattawut Poonpiriya, basada en hechos reales, en la que un grupo de jovencitos intentan ganar plata filtrando las respuestas del riguroso examen internacional SAT, aprovechando los diferentes husos horarios de Australia y Tailandia. Fresca, original, muy bien dirigida y actuada, la cinta es también una lección de cómo construir suspenso, sin dejar de ofrecer un rostro humano. En cuanto a Destrucción (Destroyer), de Karyn Kusama –narrada en dos tiempos fílmicos– lastimosamente pasó casi desapercibida entre nosotros. En ella, la agente Erin Bell (Nicole Kidman) se enfrasca en su necesidad de venganza –por encima de todo y de todos– después de perder, en un pasado difuso, a la persona más importante de su vida. Matar o morir, siendo lo de matar una obsesión no negociable, y lo de morir, un riesgo que no le importa. La película es lo que es –compleja, absorbente, sombría, espeluznante– por nada ni nadie más que Kidman, quien en su arrastrar de cada paso revela que carga sobre ella al mundo entero, con todas sus penas.

Aunque de 2018, El Vicepresidente (Vice), de Adam McKay, llegó a Puebla a inicios de este año y, sin duda, cuenta entre lo bueno del cuatrimestre. Está centrada en la figura de Dick Cheney, vicepresidente de los EEUU de 2001 a 2009, durante los dos periodos de mandato de George W. Bush. Lo muestra –no con intención elogiosa, sino al contrario– como uno de los políticos más poderosos e influyentes de la historia moderna. Un film sobre el poder, pero sobre todo un retrato de personaje: el del Cheney inescrutable, helado, estratégico –por ende, muy peligroso– que sólo antepuso el sentimiento a la política cuando enfrentó alguna crisis de familia. Y por supuesto, incluir aquí Todos lo saben, de Asghar Farhadi, a la que recientemente me referí en este espacio. Un angustioso, absorbente, drama de familia que parte del secuestro de la hija adolescente de una mujer (Penélope Cruz) que ha regresado a su pueblo natal para la boda de su hermana menor. Una película poderosa en la que los intérpretes –Cruz, Javier Bardem, Ricardo Darín, Eduard Fernández, Bárbara Lennie, todos– están extraordinarios. Sin ser una de las cumbres de Farhadi, Todos lo saben es igualmente un festín, aunque suene raro decirlo entre tanta angustia e incertidumbres. Y bueno, concluyo los comentarios de hoy haciendo notar que esta columna semanal llega a los cuatro dígitos la próxima semana, haciéndose “milenaria” (en número claro, no en años). A ver qué se nos ocurre para que resulte especial.

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