Es más o menos conocido de todos que Mujercitas, la atesorada novela auto-biográfica de Louisa May Alcott, ha recibido varios tratamientos cinematográficos, en su mayoría con buena fortuna. La de 1933, de George Cukor, espléndida, tuvo a Katharine Hepburn como Jo March y obtuvo el Oscar a guion adaptado; la de 1949, de Mervyn LeRoy –menos lograda– llevó a June Allyson como Jo y recogió la estatuilla a Dirección de Arte; la de 1994, muy recordada, recibió tres nominaciones y nos dejó en el recuerdo a Jo encarnada por Winona Ryder (para ella fue uno de esos tres guiños de la Academia); y ahora, de 2019, la versión de Greta Gerwig nominada a 6 premios Oscar –a definirse justo este fin de semana– con Saoirse Ronan como Jo March, luchando, soñando, escribiendo, sobreviviendo, en los tiempos y estertores de la Guerra Civil norteamericana, al lado de sus hermanas Meg (Emma Watson), Beth (Eliza Scanlen) y Amy (Florence Pugh), cobijadas por el inacabable amor de Marmee su madre (una excepcional Laura Dern), y por la posición social de la Tía March (Meryl Streep), pudiente y afectuosa, pero que más bien intercede según su propia agenda. El núcleo de la historia es Jo, la rebelde perenne, quien lleva la voz cantante. Pero la cinta narra por igual los perfiles y anhelos de las otras tres jóvenes: de la dulce Meg, la mayor, de temperamento romántico, ilusionada con casarse y formar una familia; de la tímida y callada Beth, con su desbordado, inagotable, amor por la música; y de la vanidosa Amy, con sus “europeos” sueños artísticos y de aristocracia.    

Esta nueva Mujercitas se narra alternativamente en dos tiempos diferentes, con separación de 7 años, que ubican eventos en Nueva York, en Massachusetts y en Europa, construyendo tanto el retrato de familia como los retratos individuales de las March, en cuyas vidas confluye de forma importante el joven heredero Theodore Laurence (Timothée Chalamet), detonante “cuasi-casual” de algunos giros significativos en el entorno de las chicas. De dichos dos tiempos, el tardío esencialmente se ocupa de las andanzas de Jo por Nueva York en busca de publicar, de Amy por Europa, de Meg como esposa (y madre) y de Beth en medio de problemas de salud; visto eso como consecuente de cuanto se conoce y crece en el tiempo temprano: la unión de la familia March, su fuerza de espíritu para ir adelante en tiempos de crisis, su templanza ante adversidades –tanto presentes como las que adivinan– cada cuál diferente a las otras, apoyándose y complementándose. La Mujercitas de Greta Gerwig es una película excepcional; no sólo por su hermosa, orgánica realización y espléndidas actuaciones, sino en esencia por su genuino rostro humano. Porque más allá de la particular época y geografía, así se vive, así se ama, así perseguimos nuestros sueños; así se lucha y se crece para “tirar” hacia adelante; así se vive (o se debe vivir) en familia; y justo lo mostrado en pantalla es lo que la familia debe ser y significar. Todo está, por supuesto, desde lo escrito por Louisa May Alcott, pero la cinta de Gerwig lo entrega con total convicción y plenitud, igual que con rebosante y sincero amor. Formidable, pues, la manera en que Mujercitas el film honra a la Mujercitas literaria.

En cuanto a El escándalo (Bombshell), otro estreno, está basada (como reza su tagline) “en un escándalo real”: ese al interior de la cadena televisiva Fox News, cuando su mandamás Roger Aisles (encarnado por John Lithgow) es demandado por acoso sexual; de origen una sola denuncia, a la que gradualmente se suman más testimonios –todos confirmatorios– de mujeres de la Empresa. Dirige Jay Roach, llevando en los papeles principales a Charlize Theron (Megyn Kelly), Nicole Kidman (Gretchen Carlson) y Margot Robbie (Kayla Pospisil). Una película importante, que en esencia lo es más por su valor testimonial que por su ser cinematográfico, que desde luego tiene la estatura requerida para acentuar la relevancia social de unas demanda y denuncia genuinamente históricas.     

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