Un día de trabajo más en la oficina

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Alfredo Naime

El millonario Humberto Suárez (José Luis Gómez) ha cumplido 80 años. Exitoso como empresario, siente sin embargo que en su vida no hay algo trascendente para que se le recuerde. Por eso decide garantizar su posteridad produciendo una película extraordinaria, con los mejores intérpretes y director. Adquiere los derechos de Rivalidad, la novela reciente más elogiada, y contrata para dirigir a Lola Cuevas (Penélope Cruz), considerada una cineasta genial. A su vez, Lola está segura de los estelares que requiere, los mejores a su entender: Iván Torres (Oscar Martínez) y Félix Rivero (Antonio Banderas), de estilos totalmente opuestos pero igualmente aclamados. Los ensayos comienzan, cruzando los temperamentos y personalidades de estos tres artistas, con fricciones que sacan chispas un día sí y el otro también. Aflora su sensibilidad, pero además sus egos, sus motivaciones y frustraciones, sus respectivos tics de “supervivencia”, en el sinuoso camino de conseguir un film realmente memorable. Sin moverse un ápice de su visión, Lola dirige con mano férrea, lo cual incomoda (enerva) a sus actores. Además, en las tensiones de ese clima, Félix e Iván se enfrascan en un filoso duelo de provocaciones, para demostrar al otro que se es mejor que él. Es así como llegan a la víspera del arranque del rodaje, que se anuncia formalmente con un lujoso coctel. Ahí, los desencuentros iniciales parecieran zanjados; pero, ¿es así? Porque a fin de cuentas, Rivalidad es la novela que están por filmar.

Todo esto en la coproducción argentino-española Competencia oficial, de Mariano Cohn y Gastón Duprat, autores (con Andrés Duprat) de un guion que ventila los temas de la fama y los egos mayúsculos, de las envidias y rivalidades consecuentes, de la artificiosa “relevancia” de los premios y la celebridad mediática, e incluso, del deterioro de la salud mental, por las agobiantes presiones de la sensibilidad creadora en los ámbitos del cine y otras formas de show business. Para esto, los realizadores optaron por un tono de comedia negra –con una pizca de drama por matiz– para volcar sus apuntes críticos (rotundos, pero también afectuosos) al universo del cine, llamado por alguien “un manicomio administrado por los propios locos”. Cruz, Banderas y Martínez están impecables como encarnación de su divismo particular. Lola, atormentada, asfixiada, por estar inserta en un sistema de “industria” incongruente con sus convicciones fundamentales sobre el arte. Félix, sólo atento a los termómetros de su status como “superestrella” de popularidad mundial; e Iván, sin cabal conciencia de que su postura de “intelectual” del oficio artístico es también una pose, igual en mucho a esas que repudia como “obscenas” por parte de quienes encaminan al arte como mero espectáculo. Opuestas como son, tres aristas que se complementan en el espectro de crear, no siempre, ni únicamente, por el impulso vital de hacerlo.

Competencia oficial tiene varios momentos memorables, ya hilarantes, incómodos o subversivos. Como la escena de Lola y los premios –que termina siendo alucinante– frente a unos Félix e Iván sometidos al ejercicio “simbiótico” de estar “emplayados” bajo metros de cinta adhesiva. O esa otra (un “ejercicio” más) en la que Félix e Iván se insultan hasta el cansancio, con los más ofensivos epítetos imaginables, en una catarsis “liberadora” que, por cierto, parecen disfrutar al máximo. Además, la rueda de prensa final, frente a críticos de cine y periodistas, es una joya. Por otra parte, Competencia oficial también se erige como una especie de masterclass de dirección, en el sentido de permear la convicción de que “todo se vale”, cuando de lograr la mayor estatura de un momento cinematográfico se trata. Lola, es cierto, lleva esta premisa a excesos peligrosos, pero la disculpamos no sólo por su inventiva creadora, sino además porque esos a quienes dirige tampoco dudarían (y no lo hacen) en el uso de recursos similares para alcanzar sus propias intenciones. El cine, damas y caballeros: un día ordinario más de trabajo en la oficina.


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Cine-Cápsulas post-Cachetazo
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