Cortar, coser, callar

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En El sastre de la mafia (The outfit) –ópera prima de Graham Moore cuyo atinado tagline es Todo sospechoso encaja en un patrón— corren en Chicago los años 50s. Leonard (Mark Rylance) —el Inglés— es el orgulloso dueño y “maestro cortador” de una sastrería de ropa cara y elegante para varones. Sus clientes principales –casi los únicos que pueden pagarla– son unos “caballeros” que entran y salen del establecimiento a cualquier hora del día (y de la noche a veces), no siempre para probarse ropa. Tipos duros e inescrupulosos, se adivina, de cuyas actividades Leonard no quiere saber ni pregunta. Son sus clientes y punto. Desde luego, está consciente de que no están entre las personas más admirables del planeta, pero eso no le incumbe.

Tanto así que, en algún momento, Leonard le dice a su joven asistente Mable (Zoey Deutch): “Si sólo permitiésemos a ángeles ser nuestros clientes, bien pronto nos quedaríamos sin clientes”.

Entonces, callar, no voltear y no meterse; la prudente estrategia del añoso y apacible sastre cortador para evitarse problemas; sobre todo entre gente así, en una ciudad así, en tiempos así.

Sólo que son tiempos, ciudad y gente que nada te garantizan. Y por qué no, eventualmente pueden pedirte algún “favor”. Justo lo que juntos descubriremos el Inglés, Mable y nosotros como audiencia.

El sastre de la mafia es un thriller criminal escrito con mucha habilidad y detalle, que prácticamente transcurre en el espacio único de la sastrería. En ese ámbito, los personajes son pocos, los giros de tuerca muchos, las sorpresas diversas y el suspenso sostenido. No abunda la acción violenta, al contrario de lo acostumbrado por el género, en virtud de un mayor interés del film por el retrato de personajes. Retratos que no alcanzan rangos superlativos, pero que son suficientes para desarrollar un argumento basado en lo que se dice (ambiguamente o no) y en lo que se infiere de ello, más que en eventos recurrentes “con el sello de la mafia”. Así, los duelos que atestiguamos más bien son de personalidades que de balas, nacidos de las certezas, las dudas y los ingenios de quienes los protagonizan. En esa tónica fluyen los dos primeros actos del film, que dan lugar a un tercero de cierre que de inicio desdobla bien, pero que también –debe decirse– excede sus formas en el último momento, es menos sutil, y se percibe “ajeno” a lo visto, o extraño cuando menos.

Aun así El sastre de la mafia se valora como una película competente, atractiva, diferente, que te interesa desde el arranque, logrando que no extrañes, o muy poco, el convulso mundo “de afuera” que no ves: ese de la violenta Chicago, controlada por el crimen y la ilegalidad exponenciales.

Concluyendo, resulta un auspicioso debut de Graham Moore como director, quien ya había ganado celebridad por su guion para El código Enigma (The imitation game; 2014), que incluso le significó un Oscar. Anímense pues a ver El sastre de la mafia, además por el aliciente que es siempre la belleza de Zoey Deutch, cuyo rol aquí tiene substancia, aunque no tantos minutos de pantalla. O no los que varios (yo entre ellos) hubiésemos querido.

En cuanto a otros títulos que ahora mismo pueden verse en salas, llama la atención que sigue en cartelera Top Gun: Maverick, ya reseñada en esta columna. También, por supuesto, El chef (Boiling point), a la cual me referí la semana pasada como uno de los mejores estrenos en lo que va del año. Por obvias razones se destaca, con mucho público, Elvis, exuberante, estilizada, vertiginosa y hasta agotadora (a-lo-Baz Luhrmann, pues), pero fascinante también. Y finalmente, La chica salvaje (Where the crawdads sing), de Olivia Newman, en la que la jovencita Kya (Daisy Edgar-Jones) –que creció sola en los pantanos de Carolina del Norte– se convierte en la principal sospechosa de un asesinato. Ubicada en los 50s y basada en la exitosa novela de Delia Owens, es un hecho que la cinta en especial es del interés de los young adults, público hoy tan cuidado por Hollywood.

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