Su majestad y Tony Blair, en tiempos de crisis

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Alfredo Naime

Que en paz descanse SM Isabel II. Hace 16 años, Dame Helen Mirren la interpretó en La Reina, que obtuvo seis nominaciones al Oscar; finalmente, Mirren se lo llevó a casa. En memoria de SM, ofrezco aquí, íntegro, lo que en su momento escribí sobre la película…

La Reina no es una película sobre SM Isabel II, ni sobre los albores de su relación con el Prime Minister Tony Blair, ni en estricto sobre el accidente y deceso de Lady Diana Spencer, si bien son parte de su argumento. El verdadero tema en ella son los entretelones, las tensiones, las relaciones, las decisiones –los cómos y por qués determinantes– de la semana posterior al fallecimiento de Diana en 1997, justo durante los primeros días de gestión de Blair. La crónica pues de un inesperado ajedrez en el que, a cada lado del tablero, los “jugadores” involucrados –el gobierno de Blair y la Familia Real– movieron con incertidumbre sus piezas, sorprendidos/abrumados por la reacción del pueblo británico ante el triste acontecimiento. Así, la gente no fue árbitro, sino juez implacable (en especial sobre la Casa de Windsor) de un match de estrategias en el que, desde la pesadumbre por la desaparición de Diana, colisionaron la política, el protocolo, la tradición y la opinión pública, cuestionando como resultado la forma de ser monárquica.

En La Reina, lo anterior traduce en el hecho atestiguado hace una década: en los días inmediatos al fatal accidente de Diana, la reacción de Buckingham fue un silencio sepulcral, a partir de dos consideraciones: Lady Di no era ya parte de la Familia Real y, además, que la familia Spencer expresó de inicio su deseo de un funeral privado. Sin embargo, en pocas horas fue evidente que los súbditos del Reino no consideraban a Diana una figura más. Así, multitudinariamente se volcaron en su tributo, dejando claro que las primeras decisiones en torno al proceso de duelo, honores e inhumación de la ex-Princesa les parecieron insuficientes y, por parte de la Corona, incomprensiblemente desdeñosos. La película revela cómo los protocolos, la historia, los usos y costumbres –y sí: algún resentimiento hacia Diana– se interpusieron en el buen juicio de la realeza para flexibilizar sus decisiones al respecto. Sería pues el angustiado ruego de Blair (Michael Sheen) el que les advirtió la inminencia del desastre, pidiendo con urgencia a la Reina acompañar a sus súbditos en el duelo y rendir homenaje a la vida de Diana, “porque ahora mismo, uno de cada cuatro estaría a favor de abolir la Monarquía”, les dijo Blair, con tenue voz apenada.

Es esto lo que cataliza a La Reina, que se convierte entonces en un interesante estudio de personajes (de personajes interesantísimos) en situación de crisis. En tal exploración, Isabel II queda íntima y completamente humanizada desde una actuación impecable –definitiva– de Helen Mirren, cual lo resume el crítico James Berardinelli: Mirren interpreta a Su Majestad con uniforme convicción. Su retrato muestra a la Reina no como un icono arrogante e indiferente, sino como una mujer atrapada por su situación; como alguien que cree estar haciendo lo mejor para sus súbditos, aunque tan desconectada de sus necesidades y deseos que de hecho ya no sabe cuáles son”.

Pero La Reina no es una película grave, atribulada u obscura. Su director Stephen Frears ha creado una obra afectuosa, liviana, con agradecibles rasgos de humor y momentos realmente especiales, que la hacen todo menos una cinta política panfletaria. En ella, casi toda su fauna (verosímil, sin clichés) es grata a la audiencia, lo cual es base para aceptar un film de actores cuyo crecimiento y logro global descansa en la justa interpretación de las tribulaciones y encrucijadas de cada personaje –la Reina, Blair, los Príncipes Felipe y Carlos, Robin Janvrin, Alastair Campbell– y de las surgidas entre ellos. La Reina es pues, a mi entender, una película imprescindible para cualquier cinéfilo, pro-monárquico o no”. (Hasta aquí aquella mi reseña del 2007. Como dije, que SM Isabel II descanse en paz).

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