«Se murió Greta Garbo…»

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Alfredo Naime

Ahora que tengo tiempo para bucear en ello, me topé con esto que publiqué en 1990, en abril precisamente. Lo recupero aquí sin cambios, 34 años después, como homenaje a una genuina diva, en la mejor acepción del término. Así lo escribí, por entonces…

“Se murió Greta Garbo”. Cuatro palabras que el conductor del tardío noticiario televisivo del domingo 15 de abril dijo fría e impersonalmente. Me estaba quedando dormido, pero entendí el significado de esos cuatro vocablos. Mi corazón se aceleró, mientras trataba, apresuradamente, de pasar del medio acostado a una posición erguida. “Se murió Greta Garbo”, volvió a decir el lector de noticias; y fue entonces cuando sentí con claridad el mazazo en la nuca. Primero difusas, las imágenes del televisor se fueron haciendo nítidas en directa proporción a la acción de tallar mis ojos para desaparecer los rastros del semisueño. Ahí en el receptor estaba Garbo en Gran Hotel, diciendo con aire hastiado “I want to be alone”. También en La dama de las camelias en apasionada entrega con Robert Taylor, y riendo en Ninotchka con gozosa y cristalina autenticidad, lo que dejó perplejos a quienes pensaban que Greta Garbo era incapaz de reír. “Se murió Greta Garbo, Alfredo”, me dije yo mismo. Y no se me ocurrió entonces pensar en ninguna de esas proclamas balsámicas que se manejan cuando se va alguien célebre, del tipo “no murió; siempre tendremos su magia y la exquisitez de su obra”. No, nada de eso. Lo único verdaderamente cierto (y no metafórico) era que Greta Garbo había muerto. Y ese hecho –el de morirse– era 1000% más tangible y verificable que cualesquiera de los románticos alegatos sobre la inmortalidad del talento.

Garbo me había fallado. ¿Qué iba a decirle ahora a mis estudiantes universitarios de los cursos de cine? Después de trece años de hablar de cine en las aulas de la Universidad Iberoamericana, cientos de jóvenes, hombres y mujeres, se habían “enamorado” de Greta Garbo a través de la vehemencia de mis palabras y de mis apasionados esfuerzos por destacar el misterioso embrujo de su persona. Ellos, los estudiantes, sabían, o sentían al menos, que yo hablaba así de un ser vivo; y jamás ha sido común referirse a una persona como leyenda de rasgos míticos, que al mismo tiempo uno podría encontrarse por las calles neoyorquinas, aún furtiva detrás de los lentes obscuros. Envuelto en la trampa de mi propia vehemencia, de mi decidida admiración por Garbo, de mis encendidas clases en torno a su presencia de esfinge inalcanzable, mordí el anzuelo con una ingenuidad digna de mí: creí que Greta Garbo nunca iba a morirse. Digo, se muere la gente común; y también, por supuesto, la que no lo es tanto. Vamos, hasta personas encumbradas se mueren, pero nunca cruzó por mi mente que eso sucedería a mi tan atesorada Greta Garbo particular. Pero sí: se murió Greta Garbo; y con ella, la posibilidad seguramente irrepetible de hablar del mito vivo de Garbo viva. De esa mujer que identificó a la celebridad como engañosa para alguien como ella, y por ende abandonó pedestal y carrera en el momento que juzgó preciso. Su antes, ¿quedaría o no intocado, lozano, en lo que tenía de bello, de significativo, de trágico? Dudo que Greta se haya preocupado por eso.

En adelante hablaré de Garbo, de su rostro, de su fatalismo en pantalla, de su sensible talento, con el pudor obligado con que uno se refiere a los ya ausentes. Destacaré su carisma de raro, avasallador encantamiento, ya sin la certeza de que mientras hablo, en algún lugar de Nueva York, Greta sigue exudándola mientras (de incógnito) paga en cualquier supermercado. Aún así, no voy a olvidar citar en clase algunos de los tantos comentarios que sobre ella se bordaron; en especial, este: “El temperamento de Garbo refleja la lluvia y tristeza de los largos y obscuros inviernos suecos” (Lillian Gish). Y, ¿tendrá sentido proyectar el largo close-up final de Reina Cristina a los estudiantes de cine que con estoica paciencia escuchan mis clases? ¿No pensarán a partir de ahora “he ahí el rostro maravilloso de una mujer que se murió 57 años después a pesar de su talento, de su belleza y del profesor de cine”? Tal vez sí, o tal vez no. “Se murió Greta Garbo”, dijo por tercera vez, con sadismo inaudito, el miserable conductor de televisión, a estas alturas ya sólo un ruin repetidor de fatalidades.

Alfredo Naime

Comentarios, recomendaciones y consejos para apreciar el séptimo arte, vertidos por el más reconocido crítico de cine en Puebla y zonas aledañas. Disfruta su videoblog.

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