En La grazia: la belleza de la duda, de Paolo Sorrentino, el septuagenario Mariano De Santis (Toni Servillo) –muy querido y ya viudo Presidente de la República de Italia– está a sólo 6 meses de dejar el cargo. Entre lo último que debe atender y decidir se cuenta el firmar o no la filosa ley relativa a la Eutanasia, controvertida por obvias razones. En su círculo cercano comenta: “Si no la apruebo soy un torturador; si la apruebo, soy un asesino”. Además, sobre su escritorio están dos mediáticas solicitudes de indulto; respectivamente, de un ama de casa, asesina de su marido por maltrato, y de un profesor, asesino de su esposa enferma de avanzado Alzheimer. Aun así, lo que más parece arder en la cabeza del Jefe de Estado es un fuego privado y personal: la tristeza y nostalgia por la muerte de su adorada esposa, así como –todavía más calcinante– una ya lejana infidelidad de ella (cuatro décadas atrás) con alguien nunca revelado. Además, Mariano sabe que la relación con su hija e hijo se ha tornado fría, emocionalmente distante. Ella, Dorotea (Anna Ferzetti), una jurista reconocida, es su brazo derecho en los asuntos de la Presidencia; él, Riccardo (Francesco Martino), vive ya lejos, en Toronto, componiendo música exitosa no del gusto de su padre. Tal es el entorno de Mariano, Su Excelencia, en el trayecto de sus últimos seis meses en el Palacio del Quirinale, siempre acosado por lo relativo a su esposa, por los urgentes pendientes mencionados, por los inciertos lazos de familia, y sí, por un tedio ya parecido en extremo a la casi inmovilidad e inacción.
Y bien, todo lo anterior se narra con la proverbial elegancia visual de Sorrentino, al sereno ritmo impuesto por los protocolos y la edad del mandatario, no exenta (por fortuna) de un humor natural –nacido de las dudas y las falencias, más que del ingenio– que no sólo resulta grato y efectivo, sino que también aterriza las oficialidad y estatura jerárquica del personaje central, actuado a la perfección por Toni Servillo, el mismo intérprete de aquella La gran belleza (2013) que tanta celebridad diera a Paolo al ganar el Oscar. Por igual, en La grazia: la belleza de la duda conviven elementos varios –conceptos, recursos, ideas, intenciones– que dan cauce y forma al discurso de la película, en rasgos tanto esperados como sorpresivos. Entre ellos, la acostumbrada presencia de la música, en formas y géneros diversos, con peso evidente; los recuerdos y amistades de la infancia; el infaltable clima político, al lado de la presencia e influencia de la jerarquía católica (en este caso, por mediación del Papa itself); un énfasis en la relación padre-hija (como en Youth y en Parténope, del propio Sorrentino); e incluso, la escena de una larga conversación telefónica, que si bien juega y cumple un rol narrativo necesario, por igual desconcierta un poco a cierta audiencia sólo habituada a los convencionalismos más “cinematográficos”. En el Festival de Venecia 2025, La grazia: la belleza de la duda obtuvo siete galardones, destacando los de Mejor Film Italiano y la Copa Volpi, que se otorga al mejor actor del certamen. Ahora mismo exhibe en salas, aunque su salida se siente próxima. Y por cierto: si no conocen La gran belleza, o quieren verla de nuevo, está (o estaba) disponible en Prime Video. De esa forma arman una “doble cartelera” estelarizada por el notable Servillo (lo cual no será consuelo, desde luego, por la eliminación de Italia a la Copa del Mundo).
Por otra parte, justo mientras termino esta columna me entero del estreno entre nosotros, en salas, de Los domingos, cinta española ganadora de cinco premios Goya: a mejor film, dirección (Alauda Ruiz de Azúa), actriz estelar (Patricia López Arnaiz), actriz de reparto (Nagore Aranburu) y guion original (de la directora). Tiene que ver con Ainara (la debutante Blanca Soroa), joven que pone de cabeza a su familia a partir de su intención de optar por una vida religiosa. También se le consideró la mejor película del Festival de San Sebastián, en el que además recogió otros cuatro premios. Veamos pues Los domingos.

