AQUEL TRANVÍA LLAMADO “DESEO”

Alfredo Naime
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AQUEL TRANVÍA LLAMADO “DESEO”

Alfredo Naime

Cuesta trabajo creer que Un tranvía llamado deseo (1951), dirigida por Elia Kazan, está cumpliendo 75 años. Cual se sabe, está adaptada de la obra teatral homónima de Tennessee Williams, escrita en 1946 y estrenada en Broadway un año después. En la película, Vivien Leigh interpreta a Blanche Dubois, sureña de buena crianza venida a menos, que por su difícil situación llega a Nueva Orleans a vivir en la modesta casa de su hermana Stella (Kim Hunter), casada con el ex soldado Stanley Kowalski (Marlon Brando), un tipo elemental y violento que justo es la cara opuesta de la personalidad de Blanche, esa untuosa cuñada a quien recién conoce. La animadversión entre ambos es inmediata, exacerbada por un hecho evidente: Blanche cursa por un desequilibrio emocional no menor, que aparece y aumenta en oleadas cada vez más frecuentes, haciendo infructuosos los esfuerzos de Stella por suavizar la crispante relación entre su marido y su hermana. Es así que sus choques se repiten a lo largo de 5 meses, enrareciendo un entorno al que se suma Mitch (Karl Malden), un tipo decente muy atraído por Blanche, quien pudiera resultar el salvavidas que la vida de ella requiere. Pero la tendencia va en contra de lo favorable, entre reclamos, los desbalances de Blanche, e intrigas y chismorreos –relativos a eventos de su pasado reciente– todo aunado a la incomprensión e intemperancia de Stanley, siempre bruto e insensible.

He vuelto a ver Un tranvía llamado deseo, que no ha envejecido un ápice. Siguen ahí, en el mismo grado y potencia, los rasgos que en su momento la hicieron tan notable. El choque de clases y formación; el machismo controlador proyectado por Brando, desde su amenazante masculinidad sudorosa; su menosprecio a lo delicado o sensible; la inequidad en los roles de género; los prejuicios de familia; los resabios emotivos de la postguerra; el contrapunto entre lo mundano y lo idílico. Nominada al Oscar en 12 categorías, al final la película recogió 4 estatuillas: a actriz estelar (Leigh), a actriz de soporte (Hunter), a actor de soporte (Malden) y a Dirección de Arte. En cuanto a Marlon Brando, sí sorprendió que no la recibiera como actor estelar; estando nominado, la Academia prefirió a Humphrey Bogart por su desempeño en La reina africana. Pero premios aparte, lo más relevante y genuinamente significativo es que, todavía hoy, Un tranvía llamado deseo mantiene una altísima calificación de 9.7 por parte de la crítica especializada, con elogios tan elocuentes como el siguiente, de Pauline Kael en The New Yorker: “Si bien la dirección de Kazan a ratos resulta teatral, y la escenografía y el acomodo de los actores claramente rebuscados, ¿a quién le importa cuando uno está viendo dos de las mejores interpretaciones jamás filmadas, y escuchando algunos de los mejores diálogos jamás escritos por un estadounidense?”. Entonces… ¿se animan a ver (o a volver a ver) Un tranvía llamado deseo, en su 75 aniversario? Ojalá quieran hacerlo, motivados por eso que podía leerse en uno de sus principales posters publicitarios: “Cuando ella llegó, ahí encontró al bruto Stan, y el lado de Nueva Orleans que ni siquiera imaginó existiera. Blanche, que tanto deseaba seguir siendo una dama”.

¿Y qué otras películas legendarias de 1951 habrá que buscar, para ver (o volver a ver) y celebrar, por su cumpleaños 75? Qué tal estas siete: la italiana Milagro en Milán, de Vittorio de Sica, joya del neorrealismo; Otelo, la adaptación realizada por Orson Welles, en la que él mismo hace al moro de Venecia; el musical clásico Un americano en París, de Vincente Minnelli, con Gene Wilder y Leslie Caron; la francesa Diario de un cura de aldea, de Robert Bresson; la sueca Juegos de Verano, del gran Ingmar Bergman, a la que muchos consideran su primera obra maestra; Pacto siniestro (Strangers on a train), de Allfred Hitchcock; y La reina africana, de John Huston, en la que Katharine Hepburn hizo pareja con Humphrey Bogart, mencionado arriba. Felices 75, chicas.

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