Estoy leyendo el libro de Paco Arango Si no crees en Dios, te doy su teléfono (Aguilar; 2026), relativo a sus más de 25 años profundamente inmerso en la ayuda de niños con cáncer, desde el impulso, la guía y el acompañamiento de Dios, a quien Arango llama el Mister. Paco es cineasta. De ascendencia española, nació en Ciudad de México, si bien su residencia y núcleo de actividades está en Madrid. Aquí quiero destacar algo totalmente distinto, a contracorriente, de lo acostumbrado en las industrias del cine y los espectáculos: todo lo que Paco Arango escribe, filma, produce, destina sus utilidades a fundaciones y centros que tratan a chicos enfermos de cáncer. Es decir, su cine está encaminado a la filantropía, en tiempos en que lo que todos buscan son ganancias, sólo aplicables a acrecentar el negocio. Pero, ¿cómo empezó todo? En 2001 Paco se hizo voluntario de un pediátrico especializado en cáncer; el preámbulo para crear, en 2005, su propia fundación: Aladina, que a la fecha ha ayudado –en lo clínico y en lo social– a unos tres mil niños enfermos y a sus familiares. Además, entre varias cosas más, Arango es miembro de la junta directiva de la Serious Fun Children’s Network –creada en su momento por Paul Newman– organización encargada de que niños enfermos de todo el mundo tengan un lugar donde jugar y divertirse, para animarlos a mejor sobrellevar su condición. Todo un caso pues el de Paco Arango, absolutamente de admirarse.
Paso ahora a comentar su cine, cuyo foco justo son inspiradores argumentos sobre personas que cursan por, y enfrentan, la enfermedad. Su ópera prima es Maktub (España-Argentina; 2011), relato navideño sobre un hombre en crisis cuya vida gradualmente se recompone cuando conoce a Antonio (Andoni Hernández), adolescente aquejado de cáncer. Un personaje, por cierto, inspirado en uno de los jóvenes que más marcó a Arango a lo largo de todos estos años. La actúan además Diego Peretti, Aitana Sánchez-Gijón y Goya Toledo (a quien vimos en Amores perros). A Maktub se la nominó a tres premios Goya, no siendo esto lo más trascendente, sino que su recaudación sirvió para financiar el Centro Maktub, especializado en trasplantes de médula ósea, que se ubica y opera en el Hospital Niño Jesús, de Madrid. Y sí: Maktub es una palabra árabe que significa “así estaba escrito”. En México pasó como Cambio de planes y puede verse en Prime Video.
La 2ª cinta de Arango también destinó el 100% de sus ganancias a organizaciones dedicadas a la atención de pequeños con cáncer. Es Lo que en verdad importa (The healer; 2016), coproducción España-EEUU-Canadá. Trata de Alec (Oliver Jackson-Cohen), joven apostador que por deudas deja su natal Londres, para instalarse en Halifax, Canadá. Por error, el periódico local lo anuncia como El sanador, sin aclarar que eso se refiere al arreglo de aparatos eléctricos, y no (de ninguna manera) a la cura de personas. Pero ahí en Halifax, Alec se entera de que en efecto procede de una familia de genuinos sanadores; y también, que si acepta ese don (puede no hacerlo) está destinado a ser el sanador de su generación. Confundido y renuente al principio, el conocer a Abigail –una adolescente con cáncer– será su certeza para reorientar las directrices de su vida. A pesar de la condición de Abigail, Lo que en verdad importa no es un film triste; abunda en situaciones y malentendidos que lo hacen divertido y de agradecible ligereza. Y no es que reste importancia al tema de las enfermedades graves, sino que consigue equilibrar lo áspero con una necesaria dosis de fantasía –de cuento de hadas, sin serlo– para un resultado resonante, sensible y optimista. Si bien Lo que en verdad importa no es superlativa, merece la pena verse porque se entiende a sí misma en la dimensión correcta: como una cinta que hace pensar para qué estamos en el mundo y cómo jugar ese papel: con convicción, entrega y una (alborozada) vocación de estar para el otro. O abreviando, cual lo propone una película de Paco Arango.

