A lo largo de mis tres columnas anteriores, he intentado un balance de lo que a mí más me gustó en cuanto a cine durante el 2025. La película elegida fue la brasileña Aún estoy aquí, de Walter Salles, en la cima de una lista que incluye otros diez títulos. En orden alfabético: Anora (Sean Baker), Cónclave (Edward Berger), Corina (Úrzula Barba Hopfner), Eddington (Ari Aster), Frankenstein (Guillermo del Toro), Jay Kelly (Noah Baumbach), La vida de Chuck (Mike Flanagan), Lo siento cariño (Eva Victor) Una batalla tras otra (Paul Thomas Anderson) y Un simple accidente (Jafar Panahi). Si bien no alcanzaron sitio, esa lista bien puede nutrirse con films como Amores materialistas (Celine Song), Bird (Andrea Arnold), La hora de la desaparición (Zach Cregger), Mi yo del futuro (Megan Park), Sueños de trenes (Clint Bentley) y Una casa de dinamita (Kathryn Bigelow). En cuanto a Pecadores (Ryan Coogler) y Nouvelle vague (Richard Linklater) –bien valoradas por algunos colegas– no alcancé a verlas; pero ya habrá ocasión de hacerlo para reseñarlas. Ahora bien, de último momento apareció una cinta que se siente como la “cereza del pastel”: la noruega Valor sentimental (Affeksjonsverdi), de Joachim Trier, director de La peor persona del mundo (2021) entre otras películas llamativas. Hablemos de ella…
En Valor sentimental, centralmente entran en juego el veterano y celebrado director de cine Gustav Borg (Stellan Skarsgard); la connotada actriz teatral Nora Borg (Renate Reinsve); la historiadora, madre de familia Agnes Borg (Inga Ibsdotter Lilleaas) y la popular actriz hollywoodense Rachel Kemp (Elle Fanning), que atraviesa un gran momento. Gustav es padre de Nora y Agnes; un padre definitivamente ausente, que las abandonó a ellas y a su madre muchos años antes, privilegiando su carrera. Pero ha regresado a Oslo, en preparación de una nueva película, tan personal (presumiblemente autobiográfica) que quiere como intérprete a Nora, deseando un reencuentro con su hija. Sólo que Nora, muy resentida, rechaza el ofrecimiento, reprochando al padre sus negligencias y menosprecio. En consecuencia, Gustav ofrece el rol a Rachel, admiradora de sus trabajos. Tal es el revuelto entorno de familia de los Borg, de pasados dolorosos para ellos (Gustav incluido), en el que afloran las tensiones, los recuerdos, los resquemores –confusos, evidentemente– de un clan fracturado; menos por la vigente situación misma, que por la convicción (de Nora, sobre todo) de que tales distanciamiento y ruptura pudieron evitarse. Así pues, ¿qué sigue, hacia dónde, con qué pronóstico? Y de todo esto –el antes y el ahora– hay un mudo testigo: la añosa mansión familiar, rebosante claro de un elevado valor sentimental.
De muchos méritos, Valor sentimental tiene que ver con diversos temas. Según lo expuesto antes, de manera especial con las relaciones y compromisos de familia, de cuyas fortalezas y debilidades suelen desprender aristas varias: status emocional, la hondura de la (inter)comunicación, los rumbos de cada integrante y, por ende, la calidad y resonancia de la convivencia. En su película, Trier ventila esto al interior de un clima marcado por el arte y los impulsos que la estimulan y rodean. Así (tal vez inconscientemente), es a través de la expresión artística que los personajes se enfrascan en procesos de comprensión, expiación, redención, purificación, que resultan esenciales para –en lo posible– trascender sus fantasmas y seguir adelante. En la entrega de esto, las actuaciones de Skarsgard, Reinsve e Ibsdotter son precisas, de muy altos vuelos, con Elle Fanning a la altura en las dos-tres secuencias en las que la fragilidad de Rachel debe aflorar, frente al reto de un proyecto que no acaba de entender, en un entorno al que no pertenece. El personaje es, pues, tanto balance como “desequilibrio” de lo que el arte detona y permite, pero no así (o no siempre) la vida real, al interior de un film más que relevante, reflexivo, identificable –compasivo incluso– que en efecto es la gran cereza del pastel 2025. No se la pierdan.


